
La necesidad de la MONEDA surgió hacia fines del Neolítico, cuando el hombre empezó a tener sobrante de mercaderías, la producción sobrepasaba al consumo y había excedentes en las cosechas.
Con el correr del tiempo y la posterior organización social, estos excedentes pasaron a almacenarse en un lugar central y se entregaban en constancia a los depositarios unas fichas de barro cocido -los actuales recibos-, de acuerdo a la cantidad guardada. Luego los retiraban entregando esas fichas.
Cuando comenzó el intercambio de esos excedentes entre pueblos vecinos (comercio rudimentario) las mercaderías se enviaban junto con una bola de barro cocido, el “bullae”, que llevaba en su interior las fichas de barro del envío. Era como el “remito” actual y aseguraba que el transportista o carrero no robara o cambiara la cantidad enviada. Era una MONEDA ABSTRACTA, cuyo valor era la mercadería existente.
Hubo otros tipos de monedas abstractas, simbólicas (1 esposa = 8 vacas) o casi abstractas: conchas marinas, cocos, ladrillos de té compactado, bolsas de sal (de donde viene “salario”), hachas y flechas. Algunas persisten hasta hoy, como los Luncheon Tickets.
Hasta que apareció la MONEDA METÁLICA, de valor intrínseco, que valía en sí misma: la moneda mercancía. Esto sucedió, como casi todo, en la mesopotamia, en Medio Oriente, unos 3000 años A.C., junto con el desarrollo de la metalurgia. Al principio eran lingotes pequeños o pedazos de metal.
Las primeras monedas parecidas a las que usamos ahora son del 700 A.C. (justo cuando se fundaba Roma) y aparecieron en el Reino de Lidia, en Oriente Medio. Eran trocitos metálicos ovalados, de tamaño bastante parecido y acuñadas. Es decir con un cuño o sello que definía quién las había hecho.
Se hacían de diferentes materiales y aleaciones: oro (blando), plata (mejor), cobre, bronce y electrón (aleación de oro y plata).
Las primeras monedas parecidas a las que usamos ahora son del 700 A.C. (justo cuando se fundaba Roma) y aparecieron en el Reino de Lidia, en Oriente Medio. Eran trocitos metálicos ovalados, de tamaño bastante parecido y acuñadas. Es decir con un cuño o sello que definía quién las había hecho.
Se hacían de diferentes materiales y aleaciones: oro (blando), plata (mejor), cobre, bronce y electrón (aleación de oro y plata).
Hay monedas muy famosas: los Soles peruanos, las Águilas mexicanas o los Krugerrands sudafricanos. Entre las antiguas, los Denarios -moneda romana, de cuyo nombre deriva la palabra dinero- y los Doblones, moneda española que nombra Quevedo en su soneto: “pues doblón o sencillo / hace todo cuanto quiero / poderoso caballero / es Don Dinero”
La circulaciónción de la MONEDA METÁLICA trajo como consecuencia la aparición de diferentes tipos de falsificadores, ladrones, banqueros y otras alimañas, estafadores, alquimistas y, paralelamente, algunos desarrollos científicos y metalúrgicos relacionados.
Los ALQUIMISTAS buscaban cómo fabricar pátinas y baños que dieran color dorado y así poder hacer monedas truchas de hierro y pasarlas por monedas de oro. Lo de la búsqueda de la “piedra filosofal” es una versión rosa del verdadero objeto de sus afanes, que era precisamente: el afano.
Y por el otro lado, gente sin corazón, como ARQUÍMEDES, trabajando para los poderosos que, como siempre, trataban de no tener competencia. Fue por encargo del Rey Hierón II de Siracusa, que descubrió (¡Eureka!) la pérdida de peso de los cuerpos sumergidos en un líquido. Lo que en realidad quería saber Hierón era si su corona estaba hecha de oro puro o si había sido estafado por el orfebre, utilizando otro material de menor valor recubierto con oro. Arquímedes, en busca de una solución al problema encontró nada menos que el valor del empuje sobre los cuerpos sumergidos, utilizado posteriormente en un sin fin de aplicaciones como la construcción de barcos, la separación de la crema y la leche y la potabilización del agua que tomamos todos lo días. Si bien Arquímedes era un tipo “con mucha palanca”, no fue el único matemático, físico e inventor que se dedicó a estos temas. En una próxima entrada, comentaré los trabajos que en este campo realizó otro colega suyo muy famoso, uno de los padres del cálculo y la física moderna: Isaac Newton.
Los ALQUIMISTAS buscaban cómo fabricar pátinas y baños que dieran color dorado y así poder hacer monedas truchas de hierro y pasarlas por monedas de oro. Lo de la búsqueda de la “piedra filosofal” es una versión rosa del verdadero objeto de sus afanes, que era precisamente: el afano.
Y por el otro lado, gente sin corazón, como ARQUÍMEDES, trabajando para los poderosos que, como siempre, trataban de no tener competencia. Fue por encargo del Rey Hierón II de Siracusa, que descubrió (¡Eureka!) la pérdida de peso de los cuerpos sumergidos en un líquido. Lo que en realidad quería saber Hierón era si su corona estaba hecha de oro puro o si había sido estafado por el orfebre, utilizando otro material de menor valor recubierto con oro. Arquímedes, en busca de una solución al problema encontró nada menos que el valor del empuje sobre los cuerpos sumergidos, utilizado posteriormente en un sin fin de aplicaciones como la construcción de barcos, la separación de la crema y la leche y la potabilización del agua que tomamos todos lo días. Si bien Arquímedes era un tipo “con mucha palanca”, no fue el único matemático, físico e inventor que se dedicó a estos temas. En una próxima entrada, comentaré los trabajos que en este campo realizó otro colega suyo muy famoso, uno de los padres del cálculo y la física moderna: Isaac Newton.
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