
Turismo Literario 2
Continuamos mezclando literatura y turismo. La propuesta de hoy es un paseo por el barrio porteño del Once y el guía elegido es Marcelo Cohen, escritor argentino que en un Encuentro Internacional de Pensamiento Urbano expuso un texto que me cautivó desde el título: Consolación por la baratija. En él muestra su lúcida y profunda mirada sobre el barrio de su infancia como podrán ver en estos fragmentos:
Ah, barrio del Once, sumidero de fuerzas indómitas y adormecidas, santuario de la manufactura irritada, el plagio industrial, la ganga y el regateo, ágora de exilios establecidos, nomadismo de la abulia, kermesse de las tradiciones desvaídas, pero tercas.
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…entre un hervor de charlas y de bocinas, empezaba a alentar en mí un deseo de comprarme bastantes cosas que, sin embargo, me gustaba mantener al borde de la satisfacción. Hasta que vi un escaparate con lencería de dama, y en un rapto de valor alcé la vista, y descubrir que el local se llamaba La bombachita me alcanzó para comprender que entre el recuerdo del Once de mi infancia, donde ese local se habría llamado Roitman hermanos, … había un rugido de tiempo histórico que me sobrepasaba, me vaciaba de mi, y de repente, desmenuzado en chispas de mercancía, fui únicamente ese barrio.
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A fines de los ochenta, durante un viaje que hice cuando vivía en España, escuché disertar a un taxista que me llevó al Once sobre el cambio fatídico ocurrido en ese, dijo él, baluarte tradicional de la comunidad israelita. Cientos de negocios de bagatelas, e incluso los de confección, habían pasado a manos de detestables invasores coreanos. Esos roñosos sin ética empresarial, que fabricaban todo a precios irrisorios, explotando a sus compatriotas pobres, habían obligado a los honestos confeccionistas moishes a exiliarse en Lanús, dedicados al cuero y a la compraventa de oro. “Pero si usted se fija”, dijo el taxista, “va a ver que hay muchos negocios con las persianas bajas, y que adentro hay gente medio en tinieblas: son los judíos que resisten.”
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De Rivadavia a Córdoba y de Callao a Pueyrredón … el Once es noventa manzanas de mejunje edilicio –barata construcción desarrollista, de ocho pisos, mancillando perlas de racionalismo y fortalezas de estilo burgués parisino- con un promedio de ciento veinte bocas de venta por manzana, gran parte de ellas mayoristas. …iglesias, escuelas religiosas, gimnasios, un centenario colegio alemán, altares budistas, gran surtido de sinagogas; distribuidoras de cine; videotecas de ocasión y librerías de lance. Sirio-libaneses, judíos ashkenazys y sefarditas, armenios, turcos emerlíes, coreanos, chinos, peruanos, paraguayos, bolivianos y ahora brasileños disputándose la clientela, sin frenesí, entre la pasajera, constante multitud que derrama en la Plaza Miserere el ferrocarril del Oeste y se desplaza despacio en la deliciosa narcosis del consumo posible. El emporio de la imitación empeorada. Por acá deambulan los que nunca comprarán por Internet.
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Once es una combinación de cantidades exorbitantes con una especificidad minuciosa … se puede comprar 17 metros de perlón antipiling imitación leopardo, cincuenta y siete modelos de gorros, cada uno posible con los colores de la bandera argentina, brasileña, finlandesa, etcétera; manteles individuales con forma de vaquita, uva, banana o niña pequinesa, sacapuntas extrasuave para lápiz de labios; … Ahí la industria se ha vuelto naturaleza: sólo obedece a la pulsión inacallable de replicarse.
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El Once podría ser una obra de arte del desequilibrio. En este caso la mejor iniciativa política, me parece, es exigir que a nadie, por un rato prudencial, se le ocurra tocarlo.
Marcelo Cohen nació en Buenos Aires en 1951. Prolífico autor y traductor con una gran obra publicada entre las que se destacan El oído absoluto (1999), El país de la dama eléctrica (2005) y Donde yo no estaba (2006).
Consolación por la baratija pertenece al libro
Diagonal Sur, Marcelo Cohen y otros, Buenos Aires, 2007, Edhasa.
Los otros autores son Juan Villoro (México), Patricia Melo (Brasil), Alan Pauls (Argentina) y Pedro Lemebel (Chile).
El paseo por el Once está terminando. Si a esta altura estuvieran cansados con tantos negocios, baratijas e imitaciones, pueden terminar el recorrido por el barrio tomando el subte en la esquina de las avenidas Corrientes y Pueyrredón. Antes de meterse en las entrañas de la tierra miren el edificio más grande de las cuatro esquinas, el de color crema. Es el que inmortalizó el poeta Baldomero Fernández Moreno (1886-1950) en su poema “Setenta balcones y ninguna flor”. Todavía hoy, los administradores se ocupan de respetar esa tradición.
Setenta balcones hay en esta casaSetenta balcones y ninguna flor.
¿A sus habitantes, Señor, qué les pasa?
¿Odian el perfume, odian el color?
La piedra desnuda de tristeza agobia,
¡Dan una tristeza los negros balcones!
¿No hay en esta casa una niña novia?
¿No hay algún poeta bobo de ilusiones?
¿Ninguno desea ver tras los cristales
una diminuta copia de jardín?
¿En la piedra blanca trepar los rosales,
en los hierros negros abrirse un jazmín?
Si no aman las plantas no amarán el ave,
no sabrán de música, de rimas, de amor.
Nunca se oirá un beso, jamás se oirá una clave...
¡Setenta balcones y ninguna flor!
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