Gajes del oficio -Servicios Fúnebres-La calle estaba desierta, no se veía un alma. El sol de finales de la primavera de 1954 todavía quemaba el pavimento de la mediana ciudad provinciana. Salvador cerró la puerta de “Sepelios Amatti”, caminó dos cuadras y entró, a duras penas, a la “Florería Pellegrino”.
-Salud, colega. Vengo a charlar un poco con vos.
Atrás, en el depósito, estaba Pipo arrancando las flores marchitas y las hojas mustias, para ir “matando la tarde” como solía decir. Parco como era, lo invitó a pasar moviendo la mano.
-¿Hay trabajo en puerta…?
-¡Que va! El negocio está totalmente parado. No hay un muerto en diez leguas a la redonda…
-Creí que venías a avisarme… y te encuentro con esa cara de velorio.
Salvador siempre vestía sobriamente, camisa blanca y ropa negra. Lo notó muy demacrado, pero no le dijo nada más. Siguió sacando hojitas mientras sacudía incrédulo la cabeza tratando de pensar en el motivo capaz de haberlo hecho salir de la cochería.
-¿Cómo querés que esté? ¡Hace cuarenta y cinco días que no hago un servicio! El último fue el de…
-…doña Juana Martincich. No me hagás acordar. Todavía me deben 6 coronas…
Pipo alargaba las frases y lo interrogaba con sus gestos. Hasta que Salvador largó el entripado.
-La Penicilina, -se despachó, como quién dicta sentencia-. Nos va a matar a todos. Acordate lo que te digo.
Después se quedó en silencio, resignado. Ninguno de los dos volvió a decir una palabra. Tomaron unos mates pasándose la calabaza con unos sonidos de compromiso. Al cabo de un rato se levantó para irse. El fresco y el olor de las flores parecía haberlo reanimado. Desde la puerta volvió la cabeza:
-Todo tiene su fin. Ya le vamos a encontrar la vuelta.
En recuerdo del Tío Pipo..























