La proximidad de Navidad y Fin de Año desata una vorágine que nos arrastra y cambia el espíritu festivo y de celebración original en una especie de castigo o situación desagradable por la que hay que pasar, causante de estrés y otros desajustes, cuya superación insume un tiempo considerable
Lo
primero que se me ocurrió es echarle la culpa de todo esto a las técnicas de
marketing y otras porquerías globalizadas que nos envía el gran imperio del
norte con tal de vendernos cualquier cosa (cubitos a los esquimales, naranjas a
los paraguayos y otras lindezas). Pero debo confesar que me he equivocado por
completo.
El
fenómeno tiene causas múltiples y más complejas, como lo prueba este artículo,
de ¡1836!, de Mariano José de Larra. El español, que se hizo famoso con su
seudónimo Fígaro, publicó unas
páginas donde criticaba con acidez las costumbres y conductas políticas de la
época.
La
nochebuena de 1836 (fragmento):
El número 24 me es fatal; si tuviera que probarlo diría que en día 24
nací. Doce veces al año amanece, sin embargo, día 24; soy supersticioso, porque
el corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra
verdades que creer; sin duda por esa razón creen los amantes, los casados y los
pueblos a sus ídolos, a sus consortes y a sus gobiernos, y una de mis
supersticiones consiste en creer que no puede haber para mí un día 24 bueno. El
día 23 es siempre en mi calendario víspera de desgracia, y a imitación de aquel
jefe de policía ruso que mandaba tener prontas las bombas las vísperas de
incendios, así yo desde el 23 me prevengo para el siguiente día de sufrimiento
y resignación, y, en dando las doce, ni tomo vaso en mi mano por no romperle, ni
apunto carta por no perderla, ni enamoro a mujer porque no me diga que sí, pues
en punto a amores tengo otra superstición: imagino que la mayor desgracia que a
un hombre le puede suceder es que una mujer le diga que le quiere. Si no la
cree es un tormento, y si la cree... ¡Bienaventurado aquel a quien la mujer
dice no quiero, porque ése, a
lo menos, oye la verdad!
...
En este enlace se puede leer completo:
Otro
que se ocupó de la pesadilla de estas festividades fue John Updike, que
escribió Los doce terrores de la Navidad unas deliciosas apostillas que,
para frutilla del postre, vienen acompañadas con ilustraciones de Edward Gorey. No se podría haber buscado una combinación
mejor para escribir e ilustrar el lado negro y terrorífico de las inocentes
fiestas que alegran esta parte del calendario.
Adelanto
un par de ellas para que vayan degustando:
Santa
Claus:
¿Por qué alguien
medio normal querría vivir en el Polo Norte sobre un montón de placas de hielo
flotantes? O quedarse despierto toda la noche volando por el cielo
distribuyendo regalos a niños de dudoso mérito?
Hay un punto en el que el altruismo se vuelve enfermizo. O bien es un
siniestro encubrimiento para una estafa internacional; un hombre sin domicilio
plausible, sin ninguna fuente aparente de riqueza, baja por la chimenea después
de la medianoche, mientras que los decentes ciudadanos, respetuosos de la ley,
están metidos en sus camas ¿no es esto, al menos, motivo de alarma?
Miedo
a no regalar suficiente.
Conduce a los
mareos en los centros comerciales, a las fracturas de pie en las escaleras
mecánicas, al esguince de pulgar y de muñeca durante la manipulación de
paquetes, a las lesiones faciales y de ojos en los autobuses embotados de gente
y a la sensación de desorientación y de empobrecimiento inminente.
¡Felicidades!
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