lunes, 28 de septiembre de 2020

Cafés literarios (II)


Café A Brasileira – Lisboa, Portugal

Una estatua de Fernando Pessoa en la vereda, preside el local “con la remota majestad de un ídolo”. Es un homenaje a su doble condición de asiduo parroquiano y de gloria de las letras portuguesas. También escribió en inglés, casualmente acaba de salir en Argentina una muy cuidada edición bilingüe de sus “35 sonetos ingleses”.

El hermoso café está en el barrio de Chiado desde 1905. Desde la vereda Pessoa alcanza a ver a otro vecino de bronce: António Ribeiro, llamado O Chiado (el silbo o el chirrido), poeta satírico del siglo XVI, cuya estatua está muy cerca.

A Brasilerira, desde 1905 con su elegante salón estilo Belle époque, también aparece en Sostiene Pereira, del gran Antonio Tabucchi. Hasta que llegue la ocasión en que podamos ir a tomarnos una bica (expresso) al lado de Pessoa, podemos contentarnos con ver a Marcelo Mastroiani rondando por el local, en el rol de Pereira en la película basada en la novela.



Café Brasilero – Montevideo – Rep. O. del Uruguay

Acá iba Juan Carlos Onetti, hacia 1939, cuando escribió El pozo. Es el café más antiguo de la ciudad -1877- y el que primero se declaró de interés cultural por la Intendencia de Montevideo. Después fue lugar de la cita de los miércoles de Eduardo Galeano. Está en Ituzaingó 1447 (casi 25 de Mayo). Entre sus clientes estuvieron Idea Vilariño y José Enrique Rodó.

También supo recalar Mario Benedetti en el Brasilero. Aunque el gran Mario era parroquiano del Sorocobana  (Hoy Big Mamma – 25 de Mayo 485), en el que escribió La Tregua en 1959. Sus protagonistas, Laurita Avellaneda y el señor Santomé, se encontraban, en la novela, en el café Misiones, sobre la misma calle.

Hay una hermosa nota de Magdalena Andrade N para el diario EL Mercurio, donde pueden ver en detalle todos los recorridos turísticos ligados a Benedetti.

https://issuu.com/uruguaynatural/docs/tras_los_pasos_de_mario_benedetti_e



Café Canadian (Hoy Esquina Homero Manzi) – Boedo y San Juan – Buenos Aires, Rep. Argentina

Si el Parnaso tiene una sucursal en el Hemisferio Sur, es esta. Imposible nombrar siquiera a los Artistas que pasaron por acá, una pléyade de músicos, poetas y prosistas que no tienen parangón, en esta galaxia al menos. Sólo citaré a dos: empiezo por Homero Manzi, que escribió sobre sus mesas el tango SUR (al que puso música Aníbal Troilo) y sigo con Isidoro Blaisten. Acá venía Isidoro, desde su vecina librería, a escribir los mejores cuentos de la literatura argentina o a discutir el saldo con el cobrador de la Editorial Galerna y garabatear planes de pago imposibles: “Desde San Juan y Boedo, sentado a una mesa, frente a dos pocillos de café, un cuaderno Gloria… haciendo girar la birome… Vuelvo otra vez al Canadian. Este café se llama Canadian. Vuelvo con la mitad de la culpa.

¿De quién será la otra mitad?, me pregunto. El cobrador… cerró el talonario de recibos sin escribir nada. …oigo la voz de Rodas, uno de los socios de este café, boliviano, paceño. ‘Marche un express bien caliente y cargado…’”  (Milagro en San Juan y Boedo el día que Buenos Aires cumplió 400 años).

El café es anterior a 1914, se llamó El Aeroplano hasta 1937 en que lo compraron los japoneses Asato y le pusieron, obviamente, Nippon.  En el 48 lo compró el gallego García y lo bautizó, no tan obviamente, Canadian. Hasta 1958, en que tomó su definitivo y obvio nombre actual.

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viernes, 18 de septiembre de 2020

Con el mismo cuento 59 - Umberto Eco - hijos de Tato Bores


Frammenti (Fragmentos), 1959, cuento de Umberto Eco, (1932-2016).

El misterio de la Argentina, 1992/1999, sainetes televisivos, de Tato Bores, (1927-1996)

 

La relación entre las obras reunidas hoy la escuché por primera vez al periodista y escritor argentino Guillermo Piro en un ciclo del Istituto Italiano di Cultura Buenos Aires. A él corresponde los méritos que hubiera; míos son los deméritos y las opiniones finales relativas al asunto.

 

El argumento del cuento de Eco es el siguiente: un arqueólogo descubre restos de un antiguo país –Italia– y de su civilización, presuntamente desaparecido a causa de una explosión nuclear ocurrida en 1980. Ante un Congreso Intergaláctico, varios siglos después, en el año 1780 dE (–después de la Explosión–), expone sus hipótesis y descubrimientos. Esto da lugar a desopilantes muestras de humor absurdo: por ejemplo encuentra restos de una caja de jabón de lavar donde apenas se puede leer: “OMO, más blanco que el blanco” y deduce que es una contracción de Uomo= hombre y que se trata de un medicamento para un experimento racista. La exposición continúa y se transforma en una deliciosa serie de malentendidos, cada cual más divertido, que son un muestra del mejor humor, del sarcasmo y la ironía del autor.



El libreto televisivo es este: “Corre el año 2492, cuando el arqueólogo alemán Helmut Strasse dedica su atención al estudio de un país por entonces hace largo tiempo desaparecido (*por la aplicación de ciertos planes económicos) : Argentina. Strasse era un personaje de ficción encarnado, en 1992, por Tato Bores (nunca tan extrañado como hoy en materia de talento, de agudeza, de valores). Cada vez más, la revisión de aquellos videos impulsa a pensar si se trataba de humor o simple anticipación. Lo de Tato era arte, y el arte, cuando lo es, mira siempre más allá de lo evidente, de lo obvio y de su presente. Acaso el artista, a través de su personaje (un pretexto) veía lo inevitable.” (Fuente www.perfil.com).

(*Las bastardillas son mías.)

La síntesis del libreto la tomé de un artículo de Sergio Sinay en el diario Perfil, que continúa así: “Robar nuestro contenido es un delito, para compartir nuestras notas…comparta la URL/ mencione la fuente.”

 

Hay demasiada similitud entre los textos y las situaciones como para pensar en que los libretistas/productores (se menciona a los hermanos Borensztein en la emisión post morten de 1999) desconocieran el texto original.

En esta serie “Con el mismo cuento…” hemos visto muchas dignas reescrituras de otras obras, hemos dicho también con humor que, cuando no se menciona al autor del original, la diferencia entre el plagio y la intertextualidad está dada por nuestra amistad con el autor del texto posterior.

Hoy, ante esta muestra tan flagrante, me parece interesante agregar otra diferencia: si el texto copiado no tiene fines de lucro, es un simple PLAGIO; si se lucra con él es un: ROBO.



El cuento de U. Eco se puede ver/escuchar aquí, en italiano con subtítulos, en una magnífica interpretación de Daniele Bruno:

https://www.youtube.com/watch?v=yAi1MtPbhKs&ab_channel=IstitutoItalianodiCulturaBuenosAires

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domingo, 13 de septiembre de 2020

Cafés literarios (I)

La propuesta es mencionar algunos cafés, desparramados en el mundo, relacionados con obras literarias. Vale la aclaración para desalentar a los atraídos por el título creyendo encontrar aquí un rincón donde leer y ser leído.

De modo que usted podrá elegir el camino que desee, si es que encuentra alguno interesante. Podrá armar un itinerario para su próximo viaje, escoger un libro o autor que le parezca atractivo o simplemente elegir dónde ir a tomar un café en cuanto se levanten las restricciones de la pandemia.



Antico Caffè San Marco – Trieste, Friuli, Italia

Los cafés son una tradición del Imperio Austro-húngaro; eran el centro de las actividades políticas e intelectuales de la burguesía imperial. Hay muchos y muy hermosos en Trieste. De todos elegí este, de 1914, por ser el protagonista del capítulo I del libro Microcosmos de Claudio Magris. El autor pinta el ambiente y retrata a los habitués, entre los que se destacan grandes escritores. En ese desfile están Joyce, Svevo y un poeta nacido en la Argentina en 1932 (dejo la incógnita del nombre del gran poeta, nuestro y desconocido, para los curiosos). El mismo Magris es considerado un cliente especial, el local tiene una mesa exclusiva siempre reservada para él.



 

Bar Mazzara – Palermo, Sicilia, Italia

Ya no podremos ir a este bar, cerró en 2014 después de 115 años de atender a su selecta clientela. Como consuelo sugiero caminar un poco y llegarse al Caffé Spinatto o a la Caffetería del Corso, previo paso nostálgico por la Vía Generale Magliocco 19.

A las mesas del Mazzara se sentaba todas las mañanas Tomasi di Lampedusa. Allí escribió Il Gattopardo.

No es el único escritor que recaló en él y lo puso en palabras, también protagoniza el capítulo XVI de A cada cual, lo suyo de Leonardo Sciascia. Solo que, siguiendo su costumbre, le cambia el nombre y lo llama Caffé de Romeris para luego dar algunos detalles (“...de aires modernistas, con grandes espejos ornados de calcomanías del león de la quina Bisleri…”) que permitan la identificación (y las discusiones) por parte de los lugareños.

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Confitería London - Buenos Aires – República Argentina

En un señorial edificio de 1890, donde funcionó 50 años la tienda Gath y Chaves (Avda. de Mayo 599 y Perú), aguarda oronda y preciosa la London, desde su inauguración en 1954. Clásico lugar de roscas políticas y parroquianos notables, entre los que sobresale Julio Cortázar que escribió allí su novela Los Premios en la que ocupa un lugar importante.

Una divertida manera de sentirnos eternos por un rato: imaginar lo que fue la tienda hace cien años, luego ponernos sesentosos con Córtázar y degustar un café y una pastelería deliciosa. Además de admirar la linda restauración a la que fue sometida.

 

Continuará.

viernes, 14 de agosto de 2020

El sulky



La verdad es que les teníamos bronca. Los tipos venían y parecía que habían llegado los bandidos de alguna película del far west. Para ellos todos los muchachos del pueblo éramos unos flojos. Para nosotros, ellos eran unas bestias. Ni siquiera se tomaban el trabajo de lavarse y arreglarse un poco antes de venir al pueblo. Se lavaban sólo si tenían que ir al médico, porque el doctor García los había enseñado y los tenía cortos.

¿Qué se creían? ¿El centro del mundo, porque sabían ordeñar o andar a caballo?

 

El viejo Grassani nos tenía de punto, era un cretino, nunca una palabra amable, siempre prepoteando. Fue el primero en el que pensamos, para que fuera sabiendo que con algunos no se jodía.

El desgraciado pasaba por el boliche de don Cena por las tardes, antes de volverse para las casas. Ataba el sulky, se tomaba un porrón o varios, con ingredientes. Nunca nos invitó con nada ni nos dio unos pesos aunque fueran para fichas del metegol.

De nosotros tres, mi primo Carlos era el más habilidoso y práctico. Él mismo ataba los caballos a la volanta de la panadería, así que en baquía no tenía nada que envidiarle a ningún gringo zonzo.

 

Los animales se aburrían atados al palenque del boliche y nosotros dábamos vueltas por ahí, haciéndonos los distraídos, esquivando las bostas y esperando la ocasión. Y  llegó, fue a fines de septiembre.

No bien anocheció me puse de campana, cerca de la puerta: avisaría con nuestro silbido si venía alguien. Carlos y el Tili soltaron los ganchos del tiro y de las varas al sulky del viejo y nos fuimos a sentar en la vereda de enfrente, esperando que saliera.

 

Cuando subió y sacó al sulky para atrás todo fue como siempre. Pero, no bien lo chirleó para que avanzara, el matungo salió, solito, al trote para adelante. El viejo, en un instante, alcanzó a ver al caballo que se iba mientras las varas se clavaban en el suelo y él salía dando una vuelta carnero. La sacó barata porque alcanzó a largar las riendas, aunque quedó hecho un ovillo en el suelo.

Después de sacudirse un poco, putear y acomodarse, nos encaró.

Nos mostramos serios y preocupados y se convenció de que no teníamos nada que ver.

-¿No vieron a nadie?

No éramos ningunos giles, el viejo entró con patas y todo:

-Viotto y Tuninetti estuvieron buscando algo que se les había caído cerca del caballo suyo.

Eran otros colonos que habían llegado, en sus sulkys, después que él, a tomar algo. Nosotros sabíamos que Grassani estaba de punta con ellos.

 

Salió para adentro del boliche hecho una furia y, mientras nos íbamos, escuchamos cuando se empezó a armar la gorda. Carlitos nos hizo la seña con el índice y el pulgar entre los labios y nosotros juramos respetarla.

Todavía hoy tienen que saber quién fue. Qué se creían esos gringos de mierda.

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sábado, 8 de agosto de 2020

Coplas populares argentinas

Dramáticas, satíricas, políticas y gramáticas

 

DRAMÁTICAS

Es tanto lo que te adoro,
es tanto lo que te quiero,
que si me sacan los ojos
te miro con los aujeros.

 

Yo he querido una rubita,
creyendo que era inocente
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Había tenido diecinueve,
conmigo ya fuimos veinte.

 

GRAMÁTICAS

Yo siempre te’i quisío
y aún te sigo quisiendo.
La culpa vos las tuvío
de no haberte casao con yo.

 

Porqué me casaría,
que apuro me correría,
la plata que le pague al cura
cómo me la chuparía.

 

SATÍRICAS

Cuando Dios formó este mundo
hizo los hombres de barro;
para hacer a ese petiso
tuvo que raspar el tarro.


De las aves que vuelan
me gusta el sapo,
porque es petiso y gordo,
panzón y ñato.

 

POLÍTICAS

Tomadas de El, Juan Facundo de Abelardo Arias

Cap. 9

Cielito y cielo nublado

por la muerte de Dorrego

enlútense las provincias

lloren cantando este cielo.   (popular)

 

Bustos y López

Solá y Quiroga

oliendo a soga

desde hoy están.  (Juan Cruz Varela)

 

Cap. 12

Quiroga me dio una cinta,

y Rosas me dio un cordón,

por Quiroga doy la vida,

por Rosas el corazón. (popular)

 

Cap. 19

Mi caballo era mi vida,

mi bien, mi único tesoro;

a quien me vuelva mi Moro,

yo le daré mi querida

que es hermosa como un oro.    (Juan María Gutiérrez)



CAGADA DE JUSTO JOSÉ
CANTADA POR ANASTACIO EL POLLO
Diamante, setiembre 18 de 1861.
Al Señor Presidente de la Confederación Argentina,
Dr. D. Santiago Derqui.


 

BATALLA DE PAVÓN
PARTE DEL GENERAL VENCIDO
Diamante, septiembre 18 de 1861.
A.S.E. El Señor Presidente de la Confederación Argentina,
Dr. D. Santiago Derqui.

1  Si por algo me he alegrado,
Tuerto, hijo de la gran puta,
De la espantable viruta
Que me han soplado en Pavón
Es por la vaina soberbia
Que el porteñaje altanero
Te hecha a vos, gran puñetero.
Pícaro, tuerto, ladrón.
 
9 Ahora pedime que vuelva
A sufrir por vos derrotas
¿Me creés sonso? ¡Las pelotas!
A mí no me has de joder,
Vos podés seguir la guerra
O hacer lo que más te cuadre,
Pero a joder a tu madre
Que a mí no me has de envolver.

1 Triste es, Señor Presidente,
Para el que firma esta nota,
Dar cuenta de la derrota
Descomunal de Pavón.
Y más que triste, horroroso
Tener que participarle
Que en breve van a quitarle
Banda, elástico y bastón.
 
9 Figúrese Vuecelencia
Si el caso será apremiante
Que le escribo de Diamante
Donde hoy temprano llegué;
Y crea que no hice poco
En llegar hasta este punto,
Pues ya me conté difunto,
Como soy Justo José.

 

He tomado algunas de esta página:

http://www.folkloredelnorte.com.ar/coplas.htm#satiricas

La del Gral. Estanislao del Campo y su parodia atribuida al Cnel. Hilario Ascasubi (con el seudónimo de Anastasio el Pollo) la tomé del gran trabajo de Mirta Amati, que pueden leer en este enlace.

http://www.ucm.es/info/especulo/numero37/bapavon.html

Se refiere a la Batalla de Pavón, cuyo triunfo -de las armas federales- fue entregado/traicionado por Urquiza a Mitre, en un espurio pacto que el entrerriano había acordado previamente con el porteño a cambio de prebendas.

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sábado, 1 de agosto de 2020

Escuchas telefónicas

Escuchas por Amor al Arte



Todas las pequeñas ciudades de provincia se parecen. Una iglesia que resulta ser el punto más alto, una plaza con fuente central, el edificio del Banco de la Nación compitiendo con el de la Provincia, la estación de servicio, las escuelas, la intendencia, algún edificio de altos, la estación de ferrocarril. Vistas desde más cerca, aparecen sus particularidades geográficas y los distingos que atesoramos sus habitantes como trofeos en la puja por tener algo que nos haga diferentes.

Gobernador Dupuy los tenía. No me refiero a ninguna construcción en especial, ni a la casa del doctor Scopani, que competía, en su estilo Selva Negra, con la magnífica de la familia Quirós, cuya reja, hecha por el pintor, era famosa hasta en Buenos Aires. Lo digo porque Dupuy tenía una institución que le daba un nivel cultural del que no cualquier otra podía presumir: la Asociación Amigos del Arte.

Otras ciudades grandes tenían agrupaciones similares, pero Dupuy, que apenas hacía 5 años había superado la barrera de los diez mil habitantes, podía considerarse pionera en la zona. No tenía aero club, como Venado Tuerto, o un balneario con costanera, como Cañada del Molle, pero tenía a Amigos del Arte. Por supuesto, presidida, todavía hoy, por doña Felisa Trollet de Tanalli, la esposa del dueño de la fábrica alrededor de la cual orbitaba toda la actividad económica del lugar.

 

Hoy, del origen de Amigos del Arte nadie se acuerda o no quiere acordarse. Ha quedado como una sombra alrededor de un asunto, del que yo -y no soy la única- tengo el mejor de los recuerdos y nada de qué avergonzarme. Trataré de ajustarme estrictamente a las cosas tal como sucedieron. Empiezo por recordar a las doce fundadoras: Teresita Bertola, Mirta Gelman, Elena García, Josefina Alcorta, Ester Bertot, Juani Neuman, Rosa Ortín, Norma Pellegrino, Marconi Ponte, Esteban Otero, Julio Sozzi y yo.

En realidad, había tres hombres en el grupo. Y tendría que agregar a Laura Giordano, a Amparito Pons y a Néstor Conte que, a su manera, fueron las más importantes de esta historia, aunque no hayan sido parte del grupo, salvo Laura, con la que vendríamos a ser trece, ahora que lo pienso mejor.

Laura Giordano era la operadora de la Unión Telefónica. Ya van a ver por qué su papel fue protagónico. Amparito Pons, que tenía nuestra edad o menos, era profesora de piano y tocaba precioso. Néstor Conte, un muchacho muy buen mozo, deportista, de familia rica, lo que se decía un buen partido. Varias estábamos interesadas en él, pero lo conquistó Amparito.

 

Como en todas partes, la operadora de la central telefónica era una persona con la que había que llevarse bien. Cualquier cosa que pasara, era la primera en enterarse. La central estaba en lo de Laura, la operaban ella, su mamá o su papá. Si había algún nacimiento, una discusión fuerte, un fallecimiento o lo que fuera, ella lo sabía antes que nadie. Eso le daba una especie de poder que debía mantener reservado, como el de un cura confesor, pero todo el mundo sabía que lo tenía. Mejor tenerla de amiga. Y nosotras éramos muy amigas, desde la primaria.

Gracias a Laura fui la primera en enterarme de que Néstor y Amparito se habían puesto de novios. Y en recibir, como un secreto entre nosotras, una conexión a las llamadas que a las 19 se hacían los tórtolos. Las dos escuchamos como afilaban. Voy a obviar, por discreción, las charlas de comienzos del noviazgo –que, a decir verdad, eran bastante aburridas- para centrarme en lo que terminó siendo nuestra pasión.

La cosa empezó cuando Amparito decidió cambiar las palabras  por interpretaciones en el piano. Todas las tardes, Néstor recibía el regalo de una pieza que ella le tocaba.

Al principio, eran unos boleros maravillosos. Tan lindos que no resistí y terminé contándole nuestro secreto a Teresita, otra amiga íntima. Logré que Laura la conectara a ella también. Ya éramos tres compartiendo las serenatas.

 

Cuando Amparito pasó de los boleros a temas de películas, quisimos incorporar a otras amigas a las escuchas, pero Laura se encontró con una complicación: no sé qué problema, el número de clavijas simultáneas, creo, no lo permitía. Ahí llamamos a Marconi Ponte, que tenía fama de ingenioso, era técnico de la usina y me arrastraba el ala.

Enseguida encontró una solución: hizo un tablerito portátil, que Laura ponía y sacaba, y nos permitió llegar a doce líneas escuchando, todas a la vez, las llamadas. Una se la tuvimos que dar a él. No importaba, le teníamos mucha confianza porque era un muchacho de buenos sentimientos. También incorporamos a Esteban Otero, un tipo fino, vidrierista de las tiendas La Mundial, que siempre nos conseguía ofertas, saldos de cortes y que tenía muy buen gusto. Una fue trayendo a otra y, cuando nos dimos cuenta, ya estaba el cartón lleno, porque Ester Bertot nos convenció de incorporar a su novio, a ver si así conseguía que le propusiera casamiento.

 

El concierto de las 19, así lo llamábamos, ya incluía piezas de todo tipo. Amparito alternaba, con ese gusto exquisito que tenía, desde valses y preludios hasta temas folklóricos. Nos habíamos acostumbrado tanto que rogábamos que el romance no acabara jamás. La función se convirtió en algo casi religioso. Pocas veces faltaba alguien, y la comentábamos en voz baja en las tertulias del club o en la confitería. Lo que al principio pudo empezar como algo chismoso terminó siendo como una cosa más espiritual. No sé bien cómo llamarla: una necesidad, una alegría, algo que nos embellecía, que nos distinguía.

Estábamos todas ahí, durante esos minutos, conectadas por la magia de la música, escuchando en un silencio absoluto, cada una desde su casa, con la bocina del teléfono tapada por estricta indicación de Laura, que había aclarado perfectamente que no iba a perder su puesto porque alguna tosiera o le ladrara el perro.

 

Un buen día, Amparo nos sorprendió con un tango. Empezamos a percibir que algo estaba cambiando. Tengo que reconocer que Esteban y Marconi fueron los primeros en darse cuenta. Habrá sido cuestión de sensibilidad, o capaz porque tenían más conocimiento de los tangos. Pero al final, todas entendimos que el romance se apagaba.

‒ Tocó Cuando me entrés a fallar el lunes pasado, Desencanto el viernes y ayer Soledad. En el medio mechó Perfidia tres veces y hoy se despachó con Fuimos. ¿Necesitan algo más para entender?

Eso le dijo Esteban a Juani y a Norma, que decían que era pura imaginación nuestra. Ellas siempre fueron de negar las cosas hasta que la evidencia las tapaba. 

Nos empezó a embargar una sensación de vacío. Aunque los varones estaban más tristes que nosotras, la desolación nos paralizaba a todas. No era el romance trunco lo que nos dolía sino el final de las reuniones que nuestras almas compartían por las tardes.

Hasta que alguien tuvo la idea: no importa lo que pase entre ellos, nosotras podemos hacer algo.

 

En un mes, formamos la Asociación Amigos del Arte. El doctor Real hizo los estatutos, la biblioteca nos prestó sus instalaciones para que empezáramos a funcionar y un radiante 21 de septiembre, inauguramos con un concierto de Atahualpa Yupanqui. Era conocido de un vecino que se sumó con entusiasmo al proyecto. El Correo de Dupuy nos dedicó toda la edición de esa semana, y hay que ver lo bien que salió todo. En la foto de la tapa, yo soy la tercera de la izquierda.

Trajimos a Antonio de Raco, a Berta Singerman, a Los Fronterizos, y a tantos más. Desde entonces no paramos nunca, seguimos con una reunión mensual, salvo en los veranos. Eso sí, la idea fue nuestra, nosotras la concretamos, pero antes del año, ya tuvimos que meter a un montón de viejas en la comisión. De todos modos, nadie nos quita el orgullo de saber que lo logramos por las ganas que pusimos y por tirar todas juntas para adelante.

Ahí está nuestra Asociación Amigos del Arte, demostración de que de las peores cosas puede salir algo bueno.


Ágatha Fernández P.



viernes, 24 de julio de 2020

Humor del Bueno (Robos a Freud)


Todos o casi, son tomados o adaptados (¿adoptados?, diría un lacaniano) de su recopilación de chistes. Que alguien me perdone, no quisiera invocar a algún dios en vano, por mi ateísmo. 

1 Muñeca brava
Una dama italiana le da una lección al desconsiderado de Napoleón, durante un baile:
Tutti gli italiani danzano si (cosi) male (todos los italianos bailan muy mal).
Non tutti, ma buona parte (no todos, pero buena parte).

2 Federico II, grande en serio.
Hasta los oídos de Federico El Grande llegó la fama de un predicador espiritista de Silesia, del que se decía que hablaba habitualmente con los espíritus. Lo hace llamar e interroga personalmente:
¿Puede usted conjurar los espíritus? ¿Los llama usted habitualmente?
‒ Si, Majestad, pero nunca acuden.

3 Confusiones, mezcla de palabras y otras yerbas.
Leopoldo II de Bélgica, terrible asesino dueño del Congo, a los 62 años quedó deslumbrado por la bella bailarina Cléo de Merode de 22 años que, al parecer, no le correspondía. La prensa pasó a llamarlo Cleopoldo.
Al juez de Inodoro Py de apellido Canicoba Corral, se lo conoce en el ambiente como Canicoima Corral aludiendo a alguna característica de su desempeño. Como ahora se jubila, será reemplazado por otro integrante de la banda, Julián Puercolini, quien continuará perpetrando la injusticia.


¿Lógico o no?
Un cliente entra en una pastelería y pide una tarta, pero la devuelve enseguida, pidiendo en cambio una copa de licor. Después de beberla se va sin pagar. El dueño de la tienda le llama la atención:
‒ ¡Se olvidó de pagar la copa de licor que tomó!
‒ Ha sido a cambio del pastel.
‒ ¡Pero si el pastel tampoco lo ha pagado!
‒ Claro, cómo lo voy a pagar si no lo he comido.

5 Escépticos, descreídos.
Dos amigos caminan juntos
‒ ¿Creés o no creés en Dios?
‒ Menos que el ejército en la inocencia de Dreyfus…
‒ ¿Ni siquiera ahora que el éxito te persigue?
‒ Es que me persigue hace años, pero no me alcanza.

6 Monarca contrariado
Su Majestad recorre el reino. Entre la gente que lo vitorea ve a un paisano, pobre y no muy bien vestido, que se le parece extraordinariamente. Le indica que se acerque y le pregunta:
¿Recuerda usted si su madre sirvió en palacio alguna vez?
No Alteza,respondió mamá no, pero sí papá.
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lunes, 20 de julio de 2020

Los Sulkys - 1a parte

Los sulkys


Formando un collar de sulkis

dormitan bajo el sereno,

y esperan pacientemente,

a que regrese su dueño.

 “Fiesta churita”

Chacarera de Agustín Carabajal

                

Para principios de octubre, los años en que el trigo pintaba bien, los colonos empezaban a venir al pueblo por las tardes, para hacer compras, gastar a cuenta de la cosecha y, al final, pasar por el boliche de don Fortunato Pirrotta a tomar algo. Inmigrantes o sus hijos, con huellas de la guerra o del trabajo duro, curtidos por el sol, los dolores y la nostalgia, le daban al moscato, que acompañaban a veces con queso, salame y aceitunas.

 

-La mare, ben? Il parín, ben?- El piamontés era obligatorio para cualquiera que quisiera tenerlos como clientes. Aseguraba un clima de confianza mutua. Las charlas empezaban por asuntos familiares y seguían con registros de lluvias y la marcha de los sembrados, cotizaciones y todo tipo de novedades sociales o de la ciudad.  El comerciante que no sabía piamontés no lograba venderles un kilo de pan.

En cambio, los empleados, los funcionarios del correo y del ferrocarril no eran tan amables. Trataban de poner cierta distancia, usaban el español y, a sus espaldas, se burlaban del cocoliche de los otros.

En el medio, estábamos los chicos y los jóvenes, a veces compañeros en la escuela de las hijas e hijos de esos mismos colonos, en especial de los que vivían a menos de dos leguas del pueblo.

 

En general los pibes oscilábamos entre la admiración y el desprecio por esos compañeros brutos, casi siempre más grandes y forzudos. Cada tanto, el descubrimiento de la dulzura de algunas chicas de la colonia rompía con esos prejuicios y acortaba las falsas distancias.

No teníamos dudas de que ellos eran los chúcaros que venían a caballo a la escuela con sus cuadernos de caligrafía desastrosa y nosotros los puebleros civilizados, con nuestras hojas sin dobladuras y prolijos dibujos con tinta china.

Eran dos mundos separados, ocasionalmente reunidos por romances nacidos en los grados superiores y continuados en bailes, misas y otras fiestas que terminaban con unos brazos más para ayudar en el campo o con una belleza rural que llegaba al pueblo.

 

Pirrotta ya sabía que los colonos más resistentes al trago, o no tan disciplinados, se quedaban hasta la noche y terminaban emborrachándose con suissé. Chau moretina, Mia mamma veul che  fila, Sul ponte di Bazzano eran fijas en el repertorio del coro monótono y nostálgico. A veces jugaban al truco o a la báciga, otras se agregaba un acordeonista y la música llegaba como una letanía. La cosa se prolongaba hasta que don Fortunato decidía cerrar, iba levantando las mesas y los echaba a todos.

Emprendían entonces la retirada y se iban para las casas. Subían a los sulkys, milagrosamente, y se confiaban a la mansa sabiduría de sus animales, que los llevaban seguros, de regreso, a pesar de que sus conductores se dormían ni bien conseguían acomodarse en el asiento.


No recuerdo bien de dónde salió la idea, si la escuchamos o se le ocurrió al Tili o a otro más avispado. Lo que sí recuerdo es que nos pareció un golazo. Al instante los cinco conjurados estuvimos de acuerdo y comenzamos a armar el plan. Nadie nos iba a descubrir. Nadie nos castigaría. Nunca se enterarían quiénes eran los autores. Demostraríamos claramente que éramos pibes avivados y no colonos ingenuos. La armamos para un miércoles antes de un feriado y la hicimos sin que nadie nos viera. En ese sentido fue un éxito total.

Cambiamos los caballos de cuatro sulkys. Los desatamos de a dos y volvimos a atar cuidadosamente, de modo que al sulky de Orestes Mainardi le pusimos el caballo de Mateo Wenger y viceversa. Lo mismo hicimos con la yegua de Ovidio Sartori: la cambiamos con la de Italo Garrone. Cuidamos todos los detalles: zaino por zaino y mora por mora. Y nos escondimos a dos cuadras para ver los frutos de nuestro trabajo.


.... Continúa en la anterior
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Los Sulkys - 2a y última parte

continuación...
                                          

El tiempo no pasaba nunca. Finalmente se acallaron las canciones y comenzó el desbande. Los gringos salieron en los sulkys. Hasta allí, todo iba a la perfección: Mainardi salió al trote tranquilo, sin darse cuenta, dormido, hacia la casa de Wenger, llevado por el zaino que volvía a su querencia. Y lo mismo pasó con los demás: Sartori terminó en lo de Italo, Mateo en la casa de Mainardi, y Garrone dicen que recién se dio cuenta dónde estaba, a las 6 de la mañana del día siguiente, cuando lo despertó la dueña de casa, todo dolorido, doblado en el asiento del sulky.

Nos fuimos a dormir divertidos y felices, imaginando líos matrimoniales, las reprimendas de sus mujeres, una que otra pelea y despreocupados por completo de las consecuencias ulteriores. Que las hubo. La mujer de don Ovidio tenía fama de brava, era una calabresa robusta de la que se decía que, sola, era capaz de voltear un novillo chico. Parece que los fajó a los dos, primero al Lito, después de despertarlo, y más tarde a don Ovidio, cuando apareció para el almuerzo.

 

La alegría nos duró poco, hasta la tarde. Un pueblo es un lugar muy chico: nunca falta algún resfriado y no tardaron en descubrirnos. El viejo Fortunato estaba furioso porque decía que el boliche se iba a quedar sin clientes, y lo mismo los de Pellegrino & Asinari - Ramos Generales. Les pidieron a nuestros padres que nos castigaran: a los de sexto los querían hacer echar de la escuela, y a los dos más grandes, del club. Yo la saqué más o menos barata. Pero al Tili, el viejo de dio una tunda que nos metió miedo. La barra terminó desarmándose, y cuando de casualidad nos cruzábamos en algún lado nos esquivábamos con un sentimiento de vergüenza que nos acompañó mucho tiempo.

 

Mi familia se mudó y nuestras vidas siguieron por otros rumbos. Cuando vienen los recuerdos de aquellos tiempos y la primera barra de amigos que nos creíamos inseparables, pienso en las consecuencias de nuestra broma y me parece que las cosas no hubieran sido muy diferentes sin ella, o quién sabe. A veces, creo que los destinos de cada uno estaban marcados con anterioridad y todo hubiera sido lo mismo. Pero, a su manera, aquella travesura dejó sus marcas.

Para ser justo debo decir que no todas fueron dolorosas. Hace poco volví al pueblo, de visita, habían pasado unos años. Caminaba distraído cuando me crucé con Ida Wenger. Había guardado su dulce recuerdo tapado por un saludable olvido. Todo se hizo presente en un instante, vivamente; era la hermosa hija de Mateo que en sexto fue mi compañera y con la que bailamos el Cuando, un 25 de Mayo. Estuve a punto de cruzar a la otra vereda, pero ella me llamó sonriente y me dijo: -No sé si ya lo sabés, pero te cuento que dos años después de aquello, Orestes y yo nos casamos. Siempre decimos que estamos juntos gracias al cambio de los sulkys. Y que tendríamos que agradecerles lo que hicieron.-

Me dio un beso y volvió a desaparecer para siempre.

Fin

 

Gracias a Angel Cortázar, que me contó esta historia.

 

 

Mia mamma veul che fila  se puede escuchar aquí (en piamontés)

https://www.youtube.com/watch?v=ViX8QJJIplU


viernes, 26 de junio de 2020

Con el mismo cuento 58 – Paul Auster y David Constantine



Fantasmas, 1986, novela corta de Paul Auster, (1947).
In another country, 2001, cuento de David Constantine, (1944).

La relación entre las obras reunidas hoy tiene significativas coincidencias: la aparición en los Alpes del cuerpo congelado de un joven esquiador muerto hace décadas, intacto y el golpe que esto provoca en sus actuales deudos, para los que el tiempo ha seguido pasando.
Ambos autores tejen su obra con maestría, en el caso de Constantine, el tema es el núcleo central a partir del cual se despliega el resto de la narración; por el contrario, en Auster es una divagación lateral.
En Historias encontradas, 2009, Selección de Eduardo Berti, hay cien hermosos fragmentos con historias “sembradas por sus autores en el mar de un texto más amplio”. Una de ellas, Un cuerpo en el hielo, es esta parte de la novela de Paul Auster


In another country fue llevada al cine en una exitosa película: 45 Años, con Charlotte Rampling y Tom Courtenay.
Un hombre casado desde hace décadas recibe un aviso oficial del gobierno suizo informando el hallazgo del cadáver congelado de una mujer que fue su novia, desaparecida en accidente de montaña en 1962. El hielo ha conservado intacto su cadáver.
45 años cuenta cómo se instala ese fantasma en la apacible vida de la pareja e infecta la relación poniendo en cuestión toda su amorosa vida. 

Un cuerpo en el hielo (frag. de Fantasmas)
…hace veinte o veinticinco años desapareció un hombre que estaba esquiando, tragado por una avalancha y su cuerpo nunca fue recuperado. Su hijo, que era un niño entonces, creció y también se hizo esquiador.
… el hijo encontró un cuerpo en el hielo, un cadáver, absolutamente intacto, como preservado en animación suspendida. Por supuesto, el joven se detuvo a examinarlo y al agacharse para mirar la cara del cadáver tuvo la clara y aterradora impresión de que se estaba mirando a sí mismo. Temblando de miedo…

La trilogía de Nueva York, Paul Auster, Ed. Anagrama, Ciudad de Cristal (1985), Fantasmas (1986) y La habitación cerrada (1987).
Historias encontradas, Selección de Eduardo Berti, 2009 Eterna Cadencia Editora
In Another Country - Selected Stories, David Constantine, reunión de 16 cuentos, 2015, Comma Press. El cuento que da título al libro se publicó por primera vez en 2001, en The Reader.  
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