viernes, 9 de marzo de 2012

Ciencia en broma y en serio 5


La conservación de la masa o Nada se pierde, todo se transforma.
Antonio de Lavoisier

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El comedor “Lavoisier”
En Córdoba (de la nueva Andalucía), bien entrados los sesenta, muchos estudiantes íbamos a almorzar a un comedor de precios módicos, ubicado en la calle Obispo Trejo y Sanabria, justo al frente del Rectorado y la Facultad de Derecho. Era una casa particular y de su producido vivía una señora con su familia completa, por lo que la Doña estaba siempre al pié del cañón. De él tengo varios recuerdos, todos gratos.
Recuerdo que uno de los hijos era policía y que hacía una “changa” ayudando como mozo. Tenía unos cuarenta años, pero lo veíamos como alguien muy mayor, a lo que contribuían unos kilos de más y su parsimonia. El tipo era incapaz de pegarle a nadie pero no abandonaba el “palito de ablandar conciencias” ni para trabajar de mozo. También recuerdo al par de hijas/hermanas, de las cuales la más jovencita era objeto de múltiples miradas y deseos, alguno de los cuales, creo, terminó en casamiento.
A la hora del almuerzo eso tomaba un nivel de actividad que no tenía nada que envidiarle a una colmena en primavera. Había discusiones de todo tipo, políticas, de folklore, de lo que fuera, pero la condición tácita era que los temas se matizaran con tono humorístico, lo que lo hacía divertido y nada pasaba nunca a mayores.
También me resulta grato recordar el nombre con que lo había bautizado el ingenio de algún estudiante de Química: Comedor Lavoisier, porque aquí nada se pierde, todo se transforma y, para demostrarlo, ahí estaba el plato insignia de los viernes: las Albóndigas Lavoisier, hechas con los restos del puchero de los lunes y los sobrantes de las demás comidas de la semana.


2
Antoine de Lavoisier (1743-1794)
Científico francés, considerado el padre de la química, que dio con sus trabajos una vuelta de tuerca fundamental al superar las oscuras teorías aristotélicas y de los alquimistas explicando satisfactoriamente la combustión, la formación de óxidos y, sobre todo, implantando el método experimental, la repetición y las mediciones de precisión a los estudios que realizaba.

Su nombre ha quedado asociado al principio de conservación de la masa: (“La materia puede cambiar de forma después de las reacciones químicas, pero el peso total sigue siendo el mismo.” O “Nada se crea, hay una cantidad igual de materia antes y después…”) al que empezó a intuir a los 25 años en un trabajo donde demostró que el “Agua” no se convertía en “Tierra” hirviendo y haciendo evaporar agua en varios recipientes y pesando los residuos que obtenía junto al agua que se evaporaba.
“Agua”, “Tierra”, “Fuego” y “Aire” eran los cuatro elementos que formaban todos los demás al mezclarse en diferentes proporciones en la larga noche aristotélico-alquimista.

En él confluyeron, y los supo interpretar, una gran cantidad de trabajos de colegas insignes (Becher, Stahl, Scheele, Priestley, Boyle, Cavendish, Laplace y otros) que venían estudiando el calor y la combustión.
Hasta ese momento la teoría más satisfactoria –a la que el mismo Lavoisier adhería en su comienzos- era la existencia del flogisto, sustancia mitad material mitad mágica, que los cuerpos dejaban escapar cuando se quemaban. Pero, obsesivo como era y, aplicando la balancita de precisión hasta el cansancio, encontró que los metales aumentaban de peso al quemarse y… ¡algunos disminuían!.

De allí a enterrar para siempre la teoría del flogisto, a bautizar oxígeno (oxi=ácido geno= crear) al aire desflogistizado (que Priestley le contó, durante una cena en 1774, cómo obtenía y al que Scheele había hallado, solito con su alma, en un pequeño laboratorio de farmacia) y poner en marcha la química moderna había un solo paso: un paso inmenso como el que dan los gigantes como él.
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9 comentarios:

Marinarrosa dijo...

La Pulpera es como Gardel ,"cada día canta mejor".
Tenga la plena seguridad de que siempre lo leo pero como cada post da para leer tanto sobre múltiples detalles que aparecen, cuando voy a comentar, usted ya pasó a otro tema:)Todavía ando por leer El beso de la mujer araña y ando dudando si comprar o no El cementerio de Praga.
De todas maneras tiene unos comentaristas espectaculares,así que mucha falta no hago:)
Me gustó que apareciera un anónimo muy chistoso. Ahora que todo el mundo anda por las redes sociales, los anónimos,que antes eran temidos, a mi manera de ver, ,señalan que el blog vale la pena.
Me quedo pensando si el palito del mozo era para proteger a las hermanas o si el hombre se veía venir el cordobazo :)

Saludos desde este lado del río.

cr dijo...

Lavoisier destituyó la teoría del flogisto y se llevó la gloria de la química para el continente, a los ingleses no le debe haber gustado nada.
Pero fueron los propios franceses quienes cortaron su química, como estaba ligado a la monarquía no hubo piedad después de la revolución, y la guillotina en 1794 le quito unos "21 gramos".

Fernado otro personaje de la química muy interesante fue Mendeléiev... tengo un texto chiquito perdido por algún lado.

Me encantó el nombre con el que habían bautizado al comedor.

Fernando Terreno dijo...

Marinarrosa:
Si acepta mi consejo, le diría que olvide El cementerio de Praga y pruebe con cualquier otro y después comente.
Muy intuitiva su observación del palito. Creo que servía a los dos fines.
Gracias por arrimarse al mostrador, donde siempre habrá una banqueta para usted.

cr:
Tan cierto es lo que dice sobre anglos y galos, que en las enciclopedias de origen inglés don Lavoisier es completamente ninguneado. Pero qué se puede esperar de esos ladrones -admirables ladrones, pero tan ladrones como admirables- que nos vendieron el cuento de que Fleming descubrió la penicilina para cobrar royalties vía Squibb y altri ladri.

Si lo desea y se anima, mande el texto sobre don Dimitri M. y lo ponemos en La Pulpera. O, ¿porqué no, en Colgando ropa?
Gracias.

andal13 dijo...

¡Maravilloso bodegón el que pintaste!!! Estoy segura de que las albóndigas Lavoisier eran una delicia.

Iba a comentar que la Ley de Lavoisier no se cumplió del todo para él, pero Cr me ganó de mano.

De este lado del charco, a la Ley de Conservación de la Masa la conocemos como la Ley de Drexler, que compuso esa canción hermosa que es "Todo se transforma".

Tu beso se hizo calor,
Luego el calor, movimiento
Luego gota de sudor
Que se hizo vapor, luego viento
Que en un ricón de La Rioja,
Movió el aspa de un molino
Mientras se pisaba el vino
Que bebió tu boca roja

Tu boca roja en la mía,
La copa que gira en mi mano,
Y mientras el vino caía
Supe que, de algún lejano rincón
De otra galaxia, el amor que me darías
Transformado volvería, un día, a darte las gracias

CORO
Cada uno da lo que recibe
Luego recibe lo que da
Nada es más simple
No hay otra norma
Nada se pierde
Todo se transforma

Todo se transforma

El vino que pagué yo,
Con aquel euro italiano,
Que había estado en un vagón
Antes de estar en mi mano
Y antes de eso, en Torino
Y antes de Torino, en Pratto
Donde hicieron mi zapato
sobre el que, caería el vino

Zapato que en unas horas,
Buscaré bajo tu cama
Con las luces de la aurora
Junto a tus sandalias planas
Que compraste aquella vez
En Salvador de Bahía
Donde a otro diste el amor, que hoy yo, te devolvería

CORO

Todo se transforma

Todo se transforma

Supe que, de algún lejano rincón
De otra galaxia, el amor que me darías
Transformado volvería, un día, a darte las gracias

CORO

Nada se pierde
Todo se transforma...

Fernando Terreno dijo...

andal13:
Como ha dicho cr, ese muchacho Lavoisier "perdía la cabeza por sus berretines".
¡Qué hermosura esa canción de Jorge Drexler!
Lavoisier en clave amorosa. Una pinturita. ¡Lo que es capaz de hacer un artista, qué lo parió!
Yo, en el lugar de esa mina, ya misma estoy volviendo con él (no sé de dónde saqué que la percanta lo ha dejado y el tipo está haciendo esa canción para recuperar su querer).

Gracias por pasar a tomar un trago y picar una albóndiga.

Susana Peiró dijo...

¡Ambos bocaditos de ciencia, muy agradables!
Como sabemos, a confesión de parte, relevo de pruebas y en algún lugar de La Pulpera quedó mi testimonio: poco y nada sé de química (más bien tirando a nada y la materia no me la llevé de milagro). Y qué decir de albóndigas y la cocina en general!
Así las cosas, Fer, hoy soy tu alumna, muchas Gracias por esta info, así da gusto aprender!
Un abrazo!

Fernando Terreno dijo...

Susana Peiró:
De química estás perdonada, pero de cocina, seguramente sos juzgada en otro tribunal...

Con relación a El cementerio de Praga sería bueno cambiar figuritas cuando lo termines, sin apuro.

Un abrazo y gracias.

marinarrosa dijo...

Fernando:
lo noto preocupado por Eco y sin razón.
Después de leer con mucho placer ( y varias veces) El nombre de la rosa y El péndulo de Foucault, no he podido terminar ninguna novela de dicho escritor.
Basada en lo que dicen otros "eruditos" que lo han leído y mi rápida zambullida en el Cap I y en el de los sabios reunidos en el cementerio, me atrevo a decir que el libro es una albóndiga Lavoisier.Es una mezcla de los dos primeros pero en otra época.
Ya verá como un día de estos Dan Brown le hace flor de plagio,porque el tema lo amerita y algún director de cine nos muestra a Amelie en revolviendo tumbas en el cementerio de Praga.
Para que me perdone la irreverencia, le doy una fórmula: usted que se sabe toda la historia argentina, invente una novela con un personaje misterioso(IP)que aparece en todos los acontecimientos importantes. No se olvide de deslizar que ,Inodoro Pereira (IP) , por su carácter ezquizofrénico, vive con la duda de ser el talentoso Palito Ortega. ¿Ve qué fácil es triunfar en la literatura con un salpicón?

Fernando Terreno dijo...

Marinarrosa:
Con su imaginación frondosa
debiera usted escribir
la novela misteriosa.
Será como un elixir
aunque mezcle cualquier cosa,
si logra sobrevivir
la lata tediosa y vaga
de El cementerio de Praga.