domingo, 21 de octubre de 2018

Violetas Imperiales


Es la tercera mujer en quince minutos que llega, me besa, me pregunta quién soy y sonríe confundida cuando la llaman por su nombre o la rescatan sus amigas desde alguna mesa vecina. Tampoco yo estaba muy seguro de que fuera alguna de mis camaradas y me estaba costando reconocerla.
Llegar temprano me ha deparado sorpresas. Soy el primero en ocupar esta mesa que compartiremos con algunos compañeros del secundario en una reunión casi casual. Las chicas han elegido el lugar porque “es lindo para que lo conozcan los viajeros venidos desde Villa María”.

‒A las siete dejamos de hablar de enfermedades, ¿les parece bien?
‒No sé cuál es el problema de hablar de enfermedades. ¿De qué vamos a hablar entonces?
Este diálogo sucede a mis espaldas y me da vergüenza mirar a la mesa y ubicar a las autoras. Había sido dicho en voz ligeramente más alta que el resto de la conversación y lo siguiente se pierde en el bullicio general. De modo que trato de imaginar la edad y otros detalles y compararlas con el resto de la clientela. Deben tener unos cinco años más que los demás.

Desde mi atalaya puedo ver un grupo de mujeres más jóvenes. Imagino que repiten esta ceremonia con cierta frecuencia porque con los mozos tienen trato y charlas de habitués. Imagino que optarán por el té con masas de la casa, pero me equivoco de medio a medio; pasan bandejas de saladitos, picadas que incluyen camarones y rabas, dos bandejas repletas de sándwiches de miga y otras cosas. Supongo que debe ser el rancho para una compañía de exploradores o una línea de infantes de marina en ejercicios que se ha estacionado en la manzana contigua, pero no. No hay puerta alguna, las vituallas aterrizan frente a las bacantes que, ahora sí, echan una mirada lujuriosa sobre los manjares y prueban algunas pequeñeces.
¿Y el té, me pregunto? Craso error, a continuación pasan botellas de blancos, tintos, hielos y las termitas atacan a mandíbula batiente. La edad promedio está ligeramente por arriba de los sesenta pero el apetito ronda los dieciocho.
Olvidé comentarles un detalle que muestra la experiencia y el profesionalismo de estas comensales: antes de la acometida le piden al mozo que les saque unas fotos donde ponen cara plácida, sonríen con la boca cerrada y no hay huella alguna de las que quedarán después de semejante comida.


Justo delante de mí hay una pareja mayor, esperando, sentada a una mesa de cuatro. Ambos de unos 75, bien llevados, ella algo mejor que él. Llega una hermosa mujer y los saluda con demasiada efusividad. Tiene unos quince años menos y se la ve lozana, contenta.
‒Ya viene, ‒dice‒. Pasó por el baño.
Poca diferencia para que sea la hija, pienso, tratando de armar una historia que vaya con lo que veo. El marido es afable con ella, su mujer lo es más aún, le sonríe y anima en su charla. ¿Serán unos ex vecinos o compañeros de algún viaje?, me digo para explicar la diferencia de edades. Hasta que llega él. Mi apreciación era totalmente equivocada: el recién llegado tiene la misma edad de los primeros y “ella” es su nueva pareja. El tipo se muestra entre orgulloso y pícaro, a la vez que su llegada ha producido una retracción evidente de parte de su amigo. Hay algo patético en la escena.

Mientras tanto ya hemos completado nuestra mesa. Somos siete, fulana no va a poder venir y zutano avisa por whatsapp que el tránsito está imposible y manda saludos.  Los que vienen del interior están deslumbrados; yo también y además, asombrado. Las que eligieron el lugar, contentas con el impacto causado. Disputan entre ellas adjudicándose el éxito, pero disimulan la pelea, con una discusión sobre el año de construcción del edificio. Esto motiva una sucesión de viajes al baño que, además de aliviar, permiten constatar que el cartel que cuenta la historia del local y la Wikipedia tienen diferente información. 

Después del pedido busco con cierta ansiedad alguna mesa con parroquianos jóvenes que me quite  la angustia ante tantas terceras edades. Los únicos que encuentro son dos hijos adolescentes que acompañan a sus padres con tranquila resignación. Acá sí que no me equivoco. Son, sin dudarlo, unos pajueranos que vienen en busca de lo mismo que todos: un momento de inmersión en la gloria de tiempos pasados, en la Belle Epoque, en algo para contar (y mostrar) al regreso a sus pagos.
Digo mostrar porque hay una ceremonia que se ejecuta en todas las mesas: la toma de fotos. Los mozos hacen la tarea con fastidio disimulado. Casi se diría que saben que eso es la parte más importante de su trabajo. Nosotros, no somos la excepción y les duplicamos el trabajo, porque tienen que volver a sacar las fotos con los celulares de las únicas dos que saben mandarlas desde el teléfono.

Por un rato olvido lo que pasa alrededor y me sumerjo en nuestra charla. La conversación va y viene por los mismos temas que tocamos desde hace milenios: el viaje de egresados a Mendoza allá lejos y hace tiempo. El profesor tal y la profesora cual. La vieja de italiano. Hemos incorporado una novedad, otro relato de viaje: el que se hizo hace poco, también a Mendoza, para un aniversario de aquel del 60. Este incluye las desavenencias organizativas y el descenso de las osadas en kayak por el cañadón del Atuel.
Mientras tanto, la idea que ha tenido más adeptos es usar el tiempo que nos queda en viajar: viajar a Europa o a donde sea. Viajar hasta dónde se pueda y las piernas aguanten. El destino a visitar está dado por la autonomía de las respectivas flebitis y los límites que imponen las enflaquecidas jubilaciones.
‒Suerte que vos todavía podés, yo hace meses que empecé a comerme los dólares que tenía guardados para viajes.
‒Y la Martha y el Fael, si no fuera por los hijos, no podrían pagar la factura del gas siquiera. Me lo dijo y te aseguro que no es la única. No quiero olvidarme que  manda cariños a los capitalinos.


Ocupamos un capítulo en alabar el lujo y la decoración. En todas las mesas este tema toma algún momento de la charla. Los vitrales curvos, el estuco de las columnas, los losanges, el piso en masónico damero. Una compañera, muy viajada, acota que los vitrales son lindos, pero que nada que ver con los que Alfons Mucha realizó en Praga y en Viena. Ese de las mujeres estilizadas, etéreas, divinas. Casi conseguimos detener el tiempo en los locos veinte y sentir que formamos parte de la aristocracia, del país de los ganados y las mieses. La inquietud que me invadió desde que llegué va en aumento. Reiteramos la propuesta de reunirnos en dos años, ¡para cuando cumplamos los sesenta de egresados! Ahí sí, con la “promo” completa. De los ciento y pico que éramos quedaremos… no quiero ni pensarlo. ¿Quién dice que la expectativa de vida ha subido a 79 años? ¿Dónde? ¿Estaremos nosotros incluidos en esas cuentas?  Cada uno hace sus cálculos y expresamos los deseos de que al menos, los que estamos ahora aquí, lleguemos bien a la celebración.

La tarde ha caído. La confitería Las Violetas se vació de repente, como si todos hubieran sido abducidos sin que nos diéramos cuenta. Yo solo pienso en huir y en no olvidar los detalles.
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