domingo, 3 de junio de 2018

Cuentos de peluquería


Salvación de Yayá, 1977, cuento de Marco Denevi, de su libro Reunión de desaparecidos.
El peluquero y Falsa promesa, 2016, cuentos de Alejandra Zina, de su libro Hay gente que no sabe lo que hace, Paisanita Editora, Buenos Aires.

La peluquería de Denevi es de los años 30 del siglo XX y le permite jugar con lo masculino y lo femenino. El universo de los sicilianos se entremezcla con su clientela extranjera o vernácula y la incorporación de una manicura viene a ensanchar ese mundo hasta límites impensados. Aparecen el amor y el simulacro de la sexualidad. Un ejemplo de cuento clásico hasta en su desenlace de tragedia griega: todo se derrumba y cae, menos la reflexión sobre qué es la identidad y qué es el amor.

Las de Alejandra Zina son más cercanas. Tienen peluquera, coiffeur o estilista, pero la vida pasa por ellas y nos vemos reflejados, al punto de sorprendernos, más que cuando nos miramos al espejo. Es que ella ve esos detalles de nuestras miserias y grandezas que nos enfrentan a nuestra propia vulnerabilidad.  Además, cuando ya creemos saber por dónde va la cosa, hace una finta y sale para otro lado dejándonos sin sosiego.


Salvación de Yayá (fragmento)
            ¿Alguien conoció la peluquería de Doménico Sacricamusuzzo, alias Musú? Estaba ubicada (hablo de los años 30) en la calle San Martín, en el barrios de los Bancos, de las agencias de cambio y de las oficinas de los corredores de Bolsa, un barrio que en los días hábiles parece de fiesta y en los días de fiesta, un cementerio. Allí abrió Musú su peluquería.
            No se equivocó. Una clientela fija, estable, de hombres de negocios, de hombres formales, de buen pasar, algunos extranjeros, dos o tres ingleses (fue uno de estos ingleses el que un día lo llamó Musú, porque ningún inglés, salvo que haya enloquecido antes, sería capaz de pronunciar el apellido Scaricamusuzzo, y aquel Musú les pareció a todos, incluido Musú, tan bello, tan musical…
...         Estaba, pues, don Musú. Estaban los ocho oficiales. Estaba Nicola. Diez sicilianos. Y entre los diez sicilianos estaba Yayá. La mejor manicura del mundo, sin discusión. No arreglaba las uñas, las cambiaba por otras. En el lugar de la uña ponía un pétalo de rosa, la escama de una sirena. Húmeda de rocío o seca y pulida como un trocito de mármol de Carrara.

El peluquero (fragmento)
            Lo conocí en Adriano Coiffeur, era el mejor y todas preferíamos esperar que nos atendiera él. Cuando decidió abrir su propia peluquería, justo a la vuelta, deslizó la tarjeta de su mano a la mía como una cita secreta mientras me hablaba de cualquier otra cosa.
            Walter fue mi peluquero durante casi quince años, el mismo que llevo viviendo en esta calle de Almagro. Nos veíamos una vez por mes, pero el tiempo hizo algo sólido entre nosotros.
       
Walter sabía manipular mi pelo y mis recuerdos. Si estábamos solos, cerca de la hora del cierre, cuando el único cliente que podía caer era el oficinista que pedía maquinita en la barba y en la cabeza, prendíamos un Marlboro cada uno y tomábamos un café...
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