Este artículo es robado. Lo pongo sin siquiera haber pedido permiso al
diario o al autor, pero es que me ha parecido tan hermoso que quiero contribuir
a su difusión. Además sé que Miguel Barnet me perdonará por varias razones:
porque lo admiro desde su novela Canción de Rachel, porque debo haber visto
unas 20 veces La bella del Alhambra y porque por su culpa anduve enamorado de
Beatriz Valdez no sé por cuánto tiempo…
Los que, como yo, desconozcan al “Lector de tabaquería”
seguramente serán cautivados por el tema, sobre el cual hay mucho
escrito. El artículo completo se puede leer en este enlace:http://www.granma.cubaweb.cu/2012/12/21/nacional/artic01.html
Acá les pongo el comienzo para que vean si les gusta:
El lector
de tabaquería: una tradición cubana
Miguel BarnetVoy a hablar de un gran placer de la vida: el placer de la lectura, y de la lectura en voz alta. Esa de la que tanto disfrutamos en la primera infancia cuando nuestros padres nos leían historias de Julio Verne y aventuras de exploradores en las selvas del Amazonas y entre los esquimales. Que alguien le lea a uno es una de las delicias mayores para el espíritu. Robert Louis Stevenson hizo resistencia a aprender a leer porque disfrutaba que su niñera le leyera al oído o junto al fuego los clásicos ingleses y norteamericanos. Aquella lectura al oído y aquel fuego lo acompañaron el resto de su vida como escritor. La lectura en voz alta le proporciona al texto una resonancia especial, una belleza única y una aprehensión del tiempo que no posee el acto de leer para uno mismo. El texto, según el tono y las modulaciones del lector, va adquiriendo múltiples facetas y alas nuevas para que quien lo escuche vuele a su antojo con la historia. Experiencia emancipadora y útil, la lectura en voz alta fue un oficio antiguo que sirvió de vehículo para el conocimiento en todas las culturas desde la mesopotámica hasta hoy.
En Cuba la tradición de leer en voz alta en las fábricas de tabaco a
operarias y operarios se convirtió en un hábito social. Esta tradición comenzó
en 1865. Saturnino Martínez, fumador consumado, periodista y poeta publicó en
esa fecha el periódico La Aurora, publicación de avanzada para la clase obrera
que sirvió para ilustrar a la capa social de los trabajadores del tabaco
principalmente, y tuvo la brillante y altruista idea de utilizar lectores
durante la jornada laboral. Así, en la fábrica El Fígaro se dio inicio a la
lectura en tabaquerías cubanas, costumbre que ha seguido hasta el día de hoy.
Muchas veces estas lecturas eran consideradas subversivas porque la isla vivía
bajo el régimen del despotismo colonial español que vio su fin en 1898. Sin
embargo, estas lecturas clandestinas fueron el mayor fermento nutricio de los
obreros, además de que constituían un entretenimiento nada banal pues se leían
en dichas tertulias obras de Víctor Hugo, como Los Miserables; de
Alejandro Dumas como El Conde de Montecristo, que dicho sea de paso,
bautizó una de las marcas más populares; de William Shakespeare, cuya obra Romeo
y Julieta también sirvió como marca a otro habano muy codiciado en el
mundo; de Balzac y Stendhal, de Edgar Allan Poe y Herman Melville y de muchos
de los más notables escritores españoles, cubanos y latinoamericanos así como
la imprescindible lectura de la prensa diaria.
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