martes, 17 de marzo de 2009

Sin tiempo para leer

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La Lope de Vega

Enrique estaba abrumado. Los papeles y los libros lo iban tapando. Autores, novelas, cuentos y cualquier material vinculado a la literatura se multiplicaban como virus a su alrededor. No todo era desorden, rigurosos en sus estantes descansaban, junto a libros y revistas, montones de casetes, varios long-play y un álbum con “La moneda volvedora” en cuatro discos de 78 r.p.m., sobreviviente de varias mudanzas, que guardó para sus hijos, él, que ya va por las nietas.
Desde hace un tiempo nuevos espectros se han agregado a los invasores en forma de disquetes, memorias compactas, memorias en tarjetas, sobres con y sin sus discos compactos, libros grabados y sistemas de voz “sólidos”. Las nenas acabaron hace muy poco, con el carretel donde había grabado personalmente, Geloso de cinta abierta mediante, al propio Cortázar leyendo su obra. “No importa”, se dijo y como homenaje decretó que en adelante, ataría los suplementos literarios en pequeños paquetes, con esa misma cinta, o lo que quedaba de ella.

Lo que más lo angustiaba no era la pérdida de lo guardado ni el deterioro de los tesoros seleccionados en diferentes etapas a lo largo de su vida, se le hacía insoportable no poder leer todo lo que veía y perderse alguna obra nueva de real valía o descubrir a un gran autor en ciernes.
“No me alcanza el tiempo”, se decía. “No puedo leer todo y para colmo, gran parte de lo que leo es una porquería”.Pero no se animaba a tirar nada a la basura, ya sea al azar o por pura intuición, por la mera posibilidad de que fuera realmente una joya. “Eso sí que no me lo perdonaría”.

Una tarde fue a caminar por Corrientes para despejarse un poco pero eso no le trajo alivio. Por el contrario, empezó a recibir el castigo por su neurótica conducta, el pecho se le empezó a oprimir. Las librerías se le venían encima y ya se le estaba haciendo difícil caminar entre las mesas de saldos y las veredas indiferentes, cuando vio la novedad en la vidriera de un negocio de computación: Detectora Lope de Vega.
Los fabricantes aseguraban que clasificaba todo tipo de obra literaria, en cualquier soporte que fuera, en dos categorías: para leer o prescindible. El soft, aseguraban, contaba con asesoramiento de varios premios Nóbel y académicos notorios. Admitía obras en varios idiomas y las analizaba en pocos segundos. Averiguó el precio y prometió volver a buscarla en quince días, apenas cobrara.
Salió aliviado, un peso se le iba quitando de encima y su cara empezó a distenderse. Se premió con un café en La Paz y observó que toda la gente circulaba contenta. La luz parecía tener un tono rosado cuando decidió volver.
El que volvió a la casa era otro: miraba la pila angustiante y entrecerrando los ojos jugaba a achicarla y agrandarla. Dudaba, pero era indudable: esa sensación debía ser la felicidad.
A medida que los días pasaban y se acercaba el fin de mes, el bienestar aumentaba y aumentaba. Antes de dormirse fantaseaba con el uso de la máquina y se imaginaba muy resuelto, entregando pilas y pilas de libros, con gran determinación, a cartoneros sorprendidos.
Tanto se relajó, que le desapareció esa compulsión por leer. Diría que hasta dejó de hacerlo, salvo en algunos ratos escasos, con puro placer. Si algo no estaba bien escrito, a veces lo dejaba y en otras ocasiones le daba una segunda chance al autor o rescribía imaginariamente el pasaje, al estilo de alguno de sus admirados, y sonreía para sus adentros.

Verificó el saldo de la tarjeta y tomó el subte para el centro. Se sentía entre raro y ansioso durante el viaje. Por las dudas estuviera más barata en otro local, decidió dar una mirada previa a la compra. Los músculos del cuello se le empezaron a contraer. En el primer negocio que vio ofrecían no una sino tres máquinas similares: Detectora Proust, Detectora Stevenson y Detectora Pessoa. Aturdido continuó su camino para encontrarse con las Detectora Calvino, Detectora Miller, Detectora Chejov, Detectora Sófocles, Detectora Melville, Detectora Kafka. Sofocado se refugió en una galería donde hacían tatuajes, pero allí estaba lleno de negocios que vendían todo tipo de detectoras, la Kawabata, la Senghor, la Onetti, la Hikmet y la Rulfo. Incluso, hay una que han hecho unos muchachos argentinos, parece que anda bastante bien, le han puesto la Abelardo, le informaron.
Aferrado a su primera idea, continuó hasta dar con la Lope, pero la situación no podía ser más desconsoladora: ya había seis versiones y desde la Lope3.0 el nivel para descartar era programable por el usuario.

Volvió desesperado y abatido. Sentía que todo había vuelto a desmoronarse a su alrededor. Se sentó cabizbajo en una silla, los brazos y la mirada le llegaban hasta el suelo. La mujer lo escuchó decir: “¡La puta con el marketing!”


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2 comentarios:

Santiago dijo...

Bueno, rompí el hechizo. Pude pasar por aquí. Es que tu propuesta del blog colectivo, hace tiempo, allá en mi blog, me paralizó.
QUÉ BUENO ESTE POSTEO. En realidad a mí me parece muy bueno, es que uno encuentra que algo es bueno cuando de algún modo se reconoce en ello, y la puta si me reconozco...en todo, desde las nietas, pasando por todo Proust y todo Bolaño, que los tengo archivados en pdf, por los miles y miles de fotos digitales que saqué y que nunca voy a mirar´porque yo también tengo cintas de Geloso de mi profesor de oboe que se me estropearon y horas incontables de filmaciones de viajes para hacer una película que nunca voy a hacer y si no tengo tiempo para leer a los buenos, imaginate para leer a los malos, que para decir que son malos hay que leerlos, por lo menos un cacho. Y además pretendo dibujar y cuidar a mis nietas, ya que mi hija y mi yerno se van a Bs. As. al recital de Radiohead. Ya que estamos con ese tema,de los malos escritores, jamás, pero jamás de los jamases se te ocurra comprar ningún libro de la uruguaya Mercedes Vigil. Ya sé que chantas hay en todos lados, pero esta es la reina de las chantas y es re famosa.
Un abrazo, no sabés como entendí a tu personaje, que me supongo que sos vos.

Fernando Terreno dijo...

Gracias Santiago por tus comentarios y por la paciencia de leer esto que es medio largo para un blog.
Tomo nota de la Vigil esa, cosa que ya imaginaba cuando leí unos renglones en una librería de Montevideo hace poco. Es una buena manera de protegernos, seguiré tu consejo (y de Oscar Wilde), para lo que propongo avisar lo que NO vale la pena, a nuestro modesto criterio. Después cada quién es libre de hacer lo que quiere, pero ya tendrá una opinión de amigos.
Un abrazo
Fernando