lunes, 12 de noviembre de 2018

Con el mismo cuento 53 - Franz Kafka y Philip Roth


Un artista del hambre, 1922, cuento de Franz Kafka, (1883-1924).
Siempre he querido que admiréis mi ayuno, o una mirada a Kafka, 1973, ensayo/cuento de Philip Roth, (1933-2018).

Debo a la escritora Matilde Sánchez la relación entre los cuentos reunidos hoy. En su conferencia/entrevista de la VI Bienal Borges Kafka contó que Roth, a quien ella entrevistó, siempre reconoció la influencia de Kafka en su literatura y que le tenía gran admiración.
Esa filiación literaria está presente, dijo, en muchas de sus novelas, pero en este cuento es explícita: el título es una frase clave del protagonista del otro cuento. Y está dedicado a sus alumnos del curso sobre Kafka que dictó en la Universidad de Pensylvania en 1972.

Es una figurita difícil de conseguir por acá y no muy conocida. Está en un libro de 1975, publicado en España en 2008 como Lecturas de mí mismo – Ed. Mondadori –.
La parodia de Roth es amorosa y las comparaciones son siempre odiosas, pero de esto trata esta serie “Con el mismo cuento”. Después de leerlos uno tiene la impresión de haber visto un partido del Real Madrid y uno de Nueva Chicago. Los dos interesantes y dignos de verse, pero uno de la “A” y otro de la “B”.

El artista del hambre es devastador. La historia de un ayunador y su espectáculo sirve como alegoría para hablar de las reacciones ante el hambre, la vida y el sufrimiento de nuestros semejantes. La opresión que produce su lectura nos va dejando sin aire. No necesita dar el golpe final, nos empuja con un dedo y caemos. Kafka estaba en su plenitud como escritor ‒a dos años de su muerte‒, ve con claridad la noche negra que se avecina sobre Europa, el sombrío porvenir de la humanidad. Podemos inferir que predice la consolidación del nazismo y los horrores que vendrían, aunque esto parezca una mirada muy subjetiva. Su lectura es muy oportuna hoy, en nuestro 2018, en que nos aguarda un panorama tan lúgubre como el de aquel entonces; con los trumps, los nenataniahus, los bolsonaros, los macrisitos; en fin, con tantos pichones de Hitler pululando por el mundo.
Si esta interpretación les resultara muy parcial y no fuera el caso, su pluma filosa y sin concesiones admite otras miradas, tanto o más válidas.

Siempre he querido… tiene dos partes. La primera es una biografía algo equívoca. El autor-narrador tiene 40 años y mira una foto de Kafka en sus 40. Las asociaciones y las identificaciones se disparan para todos lados, Roth proyecta más de lo suyo que del checo. Imagina una “metamorfosis” del propio Kafka antes de morir que lo convierte en todo aquello que no fue en su vida: padre, marido, amante y judío practicante.
La segunda parte es superior, graciosa y divertida. Kafka no ha muerto, aparece en EEUU como un europeo del este, refugiado. Soltero y sesentón, da clases de ydisch en una escuela hebrea de Newark. El autor-narrador tiene acá 9 años, es un alumno que se apiada de él y hace que su familia lo invite a cenar. Al padre se le ocurre la posibilidad de casarlo con la cuñada solterona que vive con ellos.
¿No es maravillosa la idea de tener a Kafka como tío?
Cuando todo apunta para un paso de comedia, el relato se pone kaflkiano, el autor cumple 20 años, pelea con el padre, se va de su casa, se hace escritor, el matrimonio de la Tía Rhoda no se concreta, el Dr. Kafka muere, sus libros no llegan a publicarse nunca.
El final espeja el otro final: simplemente el destino de este Dr. Kafka no era ser Kafka.
Un final extraño, dice el autor: “No más extraño que el hecho de que un día un hombre se transforme en un insecto. Un final que nadie creería, ni siquiera Kafka.”
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miércoles, 7 de noviembre de 2018

La segunda


Vos ni lo sospechás todavía. Te parece algo natural, como una idea o una impronta cultural del ambiente en el que nos movemos. Es más, has dicho muchas veces: en el interior es casi lo común, la norma. Estás tenso cuando el semáforo nos detiene y, seguramente, vas pensando que todas las relaciones son complicadas. Te persigue eso de que la felicidad es inalcanzable si las cosas salen con la segunda como salieron con la primera. Y hasta fantaseás con la tercera, pero reconocés enseguida que esto es más delirio que realidad.

Sos consciente de que cualquiera pensaría que vos te metés solito en estos embrollos, pero el tema se va tornando una obsesión, te persigue como una sombra. No bien se prende la verde, salís, ponés la segunda y te sentís cómodo andando con ella. Es loco, pero tenés que reconocer que has hecho la asociación y algo crujió adentro tuyo.

Estás sorprendido, el tema te asalta por todos lados. Un cartel llama tu atención: Seguros La Segunda. Tratás de desviar el pensamiento, pero es imposible. En el mismo instante recordás lo incómodo que te puso esa oferta del supermercado: descuento del 40% en la segunda unidad. Dudás sobre si es una casualidad o la vida te está tomando de punto. Querés tranquilizarte pero te sentís un ciudadano de segunda.

Empezás a pensar si las cosas no estarán yendo demasiado lejos o si estás un poco trastornado. ¿O será simplemente que, como te dijeron en muchas ocasiones, es imposible llegar al fondo del otro, tanto más si lo inalcanzable es otra? Puede que estés pensando en Freud y su comentario acerca de la imposibilidad de conocer lo que piensa la mujer, pero no va por ahí. Y no te pongas a joder con eso de la desvalorización de la segunda y todas esas macanas porque no se trata de eso. Lo sabés muy bien.

Se trata de que las cosas llevan su tiempo y decantan en el momento menos pensado. Persevera, persevera. Vas a ver que se trata de un problema del lenguaje, no de relaciones personales. Es que caés en una confusión si crees que vos y tu interlocutora, cuando se habla de una cosa, entienden lo mismo. Si te aflojás un poco, te entregás y te dejás llevar vas a darte cuenta de que las cosas no son tan complicadas. En cuanto evitás forzarlas, salen. Necesitarán cuidados, revisiones y todo lo que quieras, pero salen. Dejá fluir esa vena humorística tuya y reconocé sin ir más lejos que, al final, esto terminó todo narrado en segunda.
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Fernando Terreno

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sábado, 3 de noviembre de 2018

Jeans


Curioso desgarramiento el del individualismo uniforme y su consolación mediante el uso de un pantalón.
Esos oscuros (o claros o del color que fueren) objetos de deseo en países fuera del “mundo libre” han sido protagonistas de historias que parecen ridículas a los que para usarlos sólo tienen comprarlos en un shopping. Más allá de la practicidad de la prenda y de la gigantesca operación de marketing que la convirtió en un emblema de entrada al paraíso de la “democracia y la libertad” es, a la vez, una palmaria muestra del arrollador avance de la globalización totalizadora.

Según Mircea Cartarescu el nombre jeans viene de “ginovesi”. Los pantalones de los marineros genoveses que los emigrantes italianos llevaron a América. Originalmente no eran teñidos, pero un fabricante norteamericano, posiblemente Levi Strauss, se encontró un día con una gran cantidad de anilina azul. Tiñó las telas y así aparecieron los blue jeans, que fueron inmediatamente adoptados por su resistencia y por disimular la suciedad.
Hay otras versiones.


La tela con la que están hechos se llama Denim (hoy de trama blanca, urdimbre azul) y su nombre proviene de que, en principio, se fabricaba en las tejedurías de la ciudad de Nimes, en Francia.
Esas lonas de algodón asargado se usaban para velas y carpas. Eran de colon marrón y es con ellas que Levi Strauss empezó a hacer en 1853 ropa para mineros y trabajos pesados. Según la Wikipedia, fueron los comerciantes genoveses los que las tiñeron de azul con un pigmento, el índigo, que traían de la India y de Java. Esto hasta que Bayær, en 1880, sintetizó un colorante azul que terminó con el extraído de la leguminosa asiática.

Un cuento del rumano Mircea Cartarescu describe bellamente la fascinación que los vaqueros provocaron en él, un joven con apremios económicos en la Rumania de los tiempos de Ceaucescu. Se llama Mi primer vaquero y espero que lo encuentren en la red. Si no fuera así, lo enviaré a quien me lo pida.
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domingo, 28 de octubre de 2018

Breve digresión senecta


Víctor Hurtado Oviedo

El envejecimiento es natural y es la antítesis de la etapa de la reproducción; por tanto, es ridículo intentar ser viejo/a y sexualmente atractivo/a. ¡A quién se le ocurre! Ese atractivo es pasajero -si acaso lo tuvimos de jóvenes-. Lo que no pasa es el atractivo de ser una persona interesante, y esto ya no depende de la edad. Si eres viejo/a, es que fuiste joven; pero, si nunca fuiste interesante, ya no hay nada que hacer, hermano/a. Salamanca no es un banco y nunca presta.


Un par de referencias sobre el autor:
Víctor Hurtado Oviedo nació en Lima, Perú, en 1951. Es ciudadano costarricense y uno de los editores del diario "La Nación" de Costa Rica desde 1994. Desde febrero del 2007, es el editor de la revista cultural 'Áncora', que se publica los domingos.
En 'Áncora' publica un artículo bajo el epígrafe general de 'Otras disquisiciones'. Con este título ha publicado un libro que reúne artículos suyos sobre literatura y sobre música popular (Editorial Uruk, San José, 2009, 300 pp.) y una magnífica edición por Lapix Ediciones, Lima Perú, 2013.
En 2018 Víctor se ha retirado y esta digresión, me parece, resume su mirada desde este nuevo lugar.
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domingo, 21 de octubre de 2018

Violetas Imperiales


Es la tercera mujer en quince minutos que llega, me besa, me pregunta quién soy y sonríe confundida cuando la llaman por su nombre o la rescatan sus amigas desde alguna mesa vecina. Tampoco yo estaba muy seguro de que fuera alguna de mis camaradas y me estaba costando reconocerla.
Llegar temprano me ha deparado sorpresas. Soy el primero en ocupar esta mesa que compartiremos con algunos compañeros del secundario en una reunión casi casual. Las chicas han elegido el lugar porque “es lindo para que lo conozcan los viajeros venidos desde Villa María”.

‒A las siete dejamos de hablar de enfermedades, ¿les parece bien?
‒No sé cuál es el problema de hablar de enfermedades. ¿De qué vamos a hablar entonces?
Este diálogo sucede a mis espaldas y me da vergüenza mirar a la mesa y ubicar a las autoras. Había sido dicho en voz ligeramente más alta que el resto de la conversación y lo siguiente se pierde en el bullicio general. De modo que trato de imaginar la edad y otros detalles y compararlas con el resto de la clientela. Deben tener unos cinco años más que los demás.

Desde mi atalaya puedo ver un grupo de mujeres más jóvenes. Imagino que repiten esta ceremonia con cierta frecuencia porque con los mozos tienen trato y charlas de habitués. Imagino que optarán por el té con masas de la casa, pero me equivoco de medio a medio; pasan bandejas de saladitos, picadas que incluyen camarones y rabas, dos bandejas repletas de sándwiches de miga y otras cosas. Supongo que debe ser el rancho para una compañía de exploradores o una línea de infantes de marina en ejercicios que se ha estacionado en la manzana contigua, pero no. No hay puerta alguna, las vituallas aterrizan frente a las bacantes que, ahora sí, echan una mirada lujuriosa sobre los manjares y prueban algunas pequeñeces.
¿Y el té, me pregunto? Craso error, a continuación pasan botellas de blancos, tintos, hielos y las termitas atacan a mandíbula batiente. La edad promedio está ligeramente por arriba de los sesenta pero el apetito ronda los dieciocho.
Olvidé comentarles un detalle que muestra la experiencia y el profesionalismo de estas comensales: antes de la acometida le piden al mozo que les saque unas fotos donde ponen cara plácida, sonríen con la boca cerrada y no hay huella alguna de las que quedarán después de semejante comida.


Justo delante de mí hay una pareja mayor, esperando, sentada a una mesa de cuatro. Ambos de unos 75, bien llevados, ella algo mejor que él. Llega una hermosa mujer y los saluda con demasiada efusividad. Tiene unos quince años menos y se la ve lozana, contenta.
‒Ya viene, ‒dice‒. Pasó por el baño.
Poca diferencia para que sea la hija, pienso, tratando de armar una historia que vaya con lo que veo. El marido es afable con ella, su mujer lo es más aún, le sonríe y anima en su charla. ¿Serán unos ex vecinos o compañeros de algún viaje?, me digo para explicar la diferencia de edades. Hasta que llega él. Mi apreciación era totalmente equivocada: el recién llegado tiene la misma edad de los primeros y “ella” es su nueva pareja. El tipo se muestra entre orgulloso y pícaro, a la vez que su llegada ha producido una retracción evidente de parte de su amigo. Hay algo patético en la escena.

Mientras tanto ya hemos completado nuestra mesa. Somos siete, fulana no va a poder venir y zutano avisa por whatsapp que el tránsito está imposible y manda saludos.  Los que vienen del interior están deslumbrados; yo también y además, asombrado. Las que eligieron el lugar, contentas con el impacto causado. Disputan entre ellas adjudicándose el éxito, pero disimulan la pelea, con una discusión sobre el año de construcción del edificio. Esto motiva una sucesión de viajes al baño que, además de aliviar, permiten constatar que el cartel que cuenta la historia del local y la Wikipedia tienen diferente información. 

Después del pedido busco con cierta ansiedad alguna mesa con parroquianos jóvenes que me quite  la angustia ante tantas terceras edades. Los únicos que encuentro son dos hijos adolescentes que acompañan a sus padres con tranquila resignación. Acá sí que no me equivoco. Son, sin dudarlo, unos pajueranos que vienen en busca de lo mismo que todos: un momento de inmersión en la gloria de tiempos pasados, en la Belle Epoque, en algo para contar (y mostrar) al regreso a sus pagos.
Digo mostrar porque hay una ceremonia que se ejecuta en todas las mesas: la toma de fotos. Los mozos hacen la tarea con fastidio disimulado. Casi se diría que saben que eso es la parte más importante de su trabajo. Nosotros, no somos la excepción y les duplicamos el trabajo, porque tienen que volver a sacar las fotos con los celulares de las únicas dos que saben mandarlas desde el teléfono.

Por un rato olvido lo que pasa alrededor y me sumerjo en nuestra charla. La conversación va y viene por los mismos temas que tocamos desde hace milenios: el viaje de egresados a Mendoza allá lejos y hace tiempo. El profesor tal y la profesora cual. La vieja de italiano. Hemos incorporado una novedad, otro relato de viaje: el que se hizo hace poco, también a Mendoza, para un aniversario de aquel del 60. Este incluye las desavenencias organizativas y el descenso de las osadas en kayak por el cañadón del Atuel.
Mientras tanto, la idea que ha tenido más adeptos es usar el tiempo que nos queda en viajar: viajar a Europa o a donde sea. Viajar hasta dónde se pueda y las piernas aguanten. El destino a visitar está dado por la autonomía de las respectivas flebitis y los límites que imponen las enflaquecidas jubilaciones.
‒Suerte que vos todavía podés, yo hace meses que empecé a comerme los dólares que tenía guardados para viajes.
‒Y la Martha y el Fael, si no fuera por los hijos, no podrían pagar la factura del gas siquiera. Me lo dijo y te aseguro que no es la única. No quiero olvidarme que  manda cariños a los capitalinos.


Ocupamos un capítulo en alabar el lujo y la decoración. En todas las mesas este tema toma algún momento de la charla. Los vitrales curvos, el estuco de las columnas, los losanges, el piso en masónico damero. Una compañera, muy viajada, acota que los vitrales son lindos, pero que nada que ver con los que Alfons Mucha realizó en Praga y en Viena. Ese de las mujeres estilizadas, etéreas, divinas. Casi conseguimos detener el tiempo en los locos veinte y sentir que formamos parte de la aristocracia, del país de los ganados y las mieses. La inquietud que me invadió desde que llegué va en aumento. Reiteramos la propuesta de reunirnos en dos años, ¡para cuando cumplamos los sesenta de egresados! Ahí sí, con la “promo” completa. De los ciento y pico que éramos quedaremos… no quiero ni pensarlo. ¿Quién dice que la expectativa de vida ha subido a 79 años? ¿Dónde? ¿Estaremos nosotros incluidos en esas cuentas?  Cada uno hace sus cálculos y expresamos los deseos de que al menos, los que estamos ahora aquí, lleguemos bien a la celebración.

La tarde ha caído. La confitería Las Violetas se vació de repente, como si todos hubieran sido abducidos sin que nos diéramos cuenta. Yo solo pienso en huir y en no olvidar los detalles.
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viernes, 14 de septiembre de 2018

Títulos admirables


Cerrado por melancolía y Cuentos de amor, de locura y de muerte. Más allá de los cuentos incluidos, algunos cercanos al “cuento perfecto” que todos quisieran escribir, los títulos de estos libros me parecen superlativos. El primero, porque es un adjetivo o verbo y un sustantivo que se refuerzan y actúan entre ellos en una combinación demoledora y el segundo porque es una síntesis de los temas que están presentes en todo buen cuento.

Entre los títulos de libros de poesía me resultan particularmente gratos e interesantes Una temporada en el infierno y Otoño imperdonable.
La poesía es el género donde los títulos, cuando son malos, suelen ser difíciles de soportar: De mi lira, Estrellas en la noche, Del solar nativo, En el rosal.
Entre otros que no me gustan está también Las nieves del Kilimanjaro. Tengo aprensión por los escritores que necesitan fotografiarse cazando elefantes, pescando tiburones o explorando continentes extraños. Me parece que con escribir bien, alcanzaría.

Mientras  agonizo, Nicolasa verde o nada, Viaje al fin de la noche, Cien años de soledad también están entre los títulos más inspirados que se hayan escrito, a mi gusto y entender. En este caso todos de novelas. Y hablando del tema recuerdo un sardónico comentario de J. L. Borges sobre El sayal y la púrpura y Todo verdor perecerá: ¡Qué títulos impresionantes escribe Mallea, lástima que después se obstina en acompañarlos con una novela!

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sábado, 1 de septiembre de 2018

Mi personaje inolvidable


Hace años, en Selecciones del Reader’s Digest, había una sección con este nombre. Lo que sigue va como homenaje.

Si adivina mi nombre no le cobraremos el trabajo. Eso dijo, muy seguro, con su fresco acento gallego y bajó de la camioneta para dar unas pocas indicaciones a su gente sobre la forma en que izarían esa mole de 25 toneladas.
La camionera SRL – Grúas y transportes era una empresa familiar con Rodríguez por todos lados. Varias generaciones, hermanos, tías, tíos, primas, sobrinos, hacían todas las tareas del negocio. Sacando a Omar A. Rodríguez, el gerente, los demás no tenían nombre de pila sino funciones y parentescos: la prima telefonista, el chofer, la  tía contadora, el primo gruista.
Con el tío capataz habíamos estado conversando, durante los preparativos, un poco del asunto y mucho de España, de esto y de aquello. No recuerdo cómo fue que le comenté mi interés por los nombres y la creencia de que tenían mucho que ver con el destino de las personas, que los padres ponían en ellos sus deseos, su historia; mandatos y marcas de origen e identidad, en síntesis. 
¡Qué va, hombre! Un nombre es un nombre y nada más. No sé de dónde saca usted estas cosas.
Y ahí nomás me hizo la propuesta aquella, sin saber yo, todavía hoy, por qué.

Candelario, Rigoberto, Concepción; empecé por los raros, sin éxito. Entonces, para no perderme, recurrí al alfabeto: Andrés, Antonio, Bernardo, Carlos, Casimiro, Cecilio,…
El seguía cebando mates en la camioneta y yo dale que dale. Fulvio, Gerónimo, Héctor.  El tiempo pasaba y la sonrisa se le iba ensanchando. Los muchachos ya habían asegurado la carga y se acercaba el momento del izado. Oscar, Pedro, Roberto, Tiburcio,… En 5 levantamos dijo un sobrino. Sí, contestó él y a mí me seguía haciendo No con la cabeza. Ubaldo, Vladimiro, Walter, Zenón… No, no y no. ¡Segismundo!  No, tampoco. Me doy por vencido. ¿Seguro? Seguro.
Me llamo Viriato. Sí, Viriato. Viriato, como el comandante de Numancia, el héroe ibérico-lusitano, gloria y esencia del espíritu español. Ah, ¿no lo conocía? Nunca lo oí nombrar siquiera. El mismísimo Cervantes escribió su historia en una novela muy hermosa: Numancia. Viriato era el jefe de los numantinos, mantuvo a raya a los romanos durante doce años. Nunca pudieron vencerlo militarmente hasta que lo asesinaron unos traidores sobornados por los invasores.

Sobornados y burlados, porque una vez que lo mataron, cuando fueron a cobrar lo convenido al campamento romano, Escipión los hizo matar diciendo el famoso “Roma no paga a traidores.”
Es una historia muy bonita, podría hablarle horas del tema. Desde niño me gusta mucho la historia. Es uno de los gustos que me doy: leer libros de historia. ¿Y no ve usted en eso un cierto camino señalado por sus padres al ponerle Viriato? ¿Hubiera sido igualmente aficionado a la historia sin ese nombre? Pero no hombre, ¡qué va! Me gustaría igual si me hubieran llamado Juan o Pedro. No estoy tan seguro. En ese caso, a lo mejor se hubiera dedicado a los Evangelios…
¡Pero por favor! ¡Usted inventa las cosas que le convienen o tiene una fantasía a más no poder, hombre!

Así conocí a Viriato Rodríguez. Y por él al Viriato guerrero y al Viriato que inventó Cervantes, que además de ser un gran novelista resultó ser un gran publicista: Numancia es una de los primeros libros en proponer y consolidar la idea y el nombre ESPAÑA. Gracias, muchas gracias, a los tres Viriatos.


Algo más sobre Viriato en estos enlaces:
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miércoles, 15 de agosto de 2018

Elegí tres películas que te representen o hablen de vos.



Escuché esa consigna en un programa de entretenimientos sin pretensiones, hace unos días, en una radio que no recuerdo. Al principio me sonreí pero enseguida mordí el anzuelo y puse manos a la obra.
Al rato el tema parecía más que interesante y me sorprendió que –si contestaba con absoluta sinceridad– no eran los títulos más prestigiosos los que me “representaban”, sino algunos que se habían deslizado dentro de mí por caminos que ignoro.
Acá están: Il sorpasso, Made in Argentina y El último Emperador.


A Il sorpasso la debo haber visto más de 20 veces y todavía tengo en mis oídos el sonido de la bocina del Lancia Aurelia Spider 1956 ß que manejaba Gassman. Le envidiábamos todo y quería, secretamente, tener su pinta, su cancha, todo. A pesar de estar más cerca de la edad de Trintignant, queríamos ser Gassman.
Cuando la realidad ya nos había alcanzado, vino Made in Argentina. No recuerdo otra ocasión en que haya llorado tanto en un cine, casi me deshidraté, no podía ni levantarme del asiento. Al final un acomodador me trajo una gaseosa de naranja, se quedó a mi lado hasta que me repuse y me acompañó hasta la salida. Todos estaban muy bien, pero la actuación de Martha Bianchi era de una sutileza tal que creo fue ella la que tocó la cuerda precisa.
El último Emperador la vi en ese momento de la vida en que empezamos a entender la finitud y buscar cuáles son las cosas que importan. El pequeño Emperador sorprende a su tutor inglés (Peter O’Toole) preguntándole por su vida y este le cuenta que ha sido profesor en… y que estuvo viajando por… hasta que el joven lo detiene y pide que no le cuente banalidades sino cosas “importantes”. “¿Cuáles, por ejemplo?” dice el tutor y el chino responde: “¿Dónde están enterrados sus antepasados?”
Desconfiábamos de Bertolucci, supuestamente vendido a Hollywood que lo tragaría con su maquinaria, y nos regaló esa magnífica fábula americana al revés: alguien que nace como Emperador y termina como Jardinero.
De modo que sólo me queda decir muchas gracias a Dino Risi, a Juan José Jusid y a Bernardo Bertolucci por estas joyas. Por estas, que llevo en el corazón, y por tantas otras que completan una obra maravillosa.
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lunes, 13 de agosto de 2018

Con el mismo cuento 52 – J. L. Borges y Andrés Rivera

Pedro Salvadores, 1969, cuento de Jorge Luis Borges, (1899-1986).
En esta dulce tierra, 1984, nouvelle de Andrés Rivera, (1928-2016).

Esta entrada incluye dos casos de reescritura.
Uno tiene el beneficio de la duda dado que los autores no lo han explicitado. El cuento y novela giran alrededor de la misma historia: un hombre escapa de la persecución de seguidores de Rosas escondido en un sótano… durante más de diez años.
El otro es pura certeza: quien encontró el paralelismo entre las dos obras –y generosamente me autorizó a incluirlos en esta serie– es el escritor Nerio Tello, que se refirió a ellas en su columna de la Revista Leemos:  http://www.revistaleemos.com/historias-reescritas/
Ahí hay un resumen de las historias, un amoroso reconocimiento a sus autores y a la forma de contarlas, más allá de si son originales,  reescrituras o lo que sea. Es que Nerio Tello además de escritor ha sido editor, tiene una actitud generosa con sus colegas y deja fluir su admiración sin tapujos.

Como los lectores podemos permitirnos menos corrección les diré que, en mi modesta opinión, el cuento de Borges es bastante pobre, está entre los peores que ha escrito. Lleno de “bajadas de línea” y opiniones históricas tendenciosas; tapizado de adjetivos sobre su propia narración (“…uno de los hechos más raros y más tristes”,  “esa historia es atroz.”, ¡pensar que se reía de Horacio Quiroga porque decía que adjetivaba!)
Podría agregar que los personajes son planos, que está lleno de enunciaciones en condicional dadas después por ciertas, que no alcanza a ser un cuento; parece más bien un apunte de esos que los escritores hacen en una servilleta de bar para que no se les escape alguna idea sobre la que volverán alguna vez.
Hay un hecho repetido en Borges: cada vez que el odio (a Rosas, a Perón o al que sea) se le cruza con algún personaje o con los hechos históricos su producción baja en calidad hasta niveles impensados.
El final es sincero e implacable con él mismo: Como todas las cosas, el destino de Pedro Salvadores nos parece un símbolo de algo que estamos a punto de comprender.
Sus lectores tampoco comprendemos cómo publicó eso.

En esta dulce tierra atrapa desde el principio en que un amigo le comenta al protagonista, el doctor Cufré, que Manuel Vicente Mazza ha sido asesinado en su despacho de la Sala de Representantes de la calle Perú al 200 –hoy Manzana de las Luces– Buenos Aires. Es el 27 de junio de 1839.
Primera de las novelas históricas de Rivera, obtuvo el Segundo Premio Municipal en 1984 y dio lugar a una prolífica serie que continuó con la más conocida: La revolución es un sueño eterno, Premio Nacional de Literatura en 1992.
Toda su escritura transcurre dentro de sucesos históricos cuya naturaleza es incierta y que son vistos de maneras opuestas por sus participantes. Las miradas son vacilantes: el paso de un regimiento hacia el centro de la ciudad es interpretado como signo de victoria por algunos, cuando en realidad se están replegando ante una posible derrota. Igual que el protagonista de Stendhal que participa en la batalla de Waterloo y no sabe si han ganado o perdido hasta días después.
Lo mejor que aporta es lo relativo de las interpretaciones de los hechos.
El autor lo ha dicho explícitamente: “Un hombre, cuando escribe para que lo lean otros hombres, miente”. ¿Fatalidad? Nada de eso. “Yo no me quiero escudar en el personaje –dice Rivera–, pero quien dice eso es un gran burgués. Y él es el que supone, con algún acierto para el momento en que lo dice, que aquellos que tienen capacidad para escribir y trascender mienten. Y esa trascendencia proviene de un origen de clase”. ( fragmento de un excelente reportaje: http://www.revistaanfibia.com/cronica/andres-rivera-del-obrero-al-procer/ )
Lo menos feliz es el exceso de repeticiones en que el autor incurre, seguramente al tratar de hallar su estilo, que resulta pesado y fatigoso en demasía. A veces parece que sus personajes hablaran para el bronce, pero algunas frases son un acierto y serán recordadas por lo certeras:
-Peleo contra toda esperanza, señor. Eso es, hoy, ser argentino.
La actualidad de su literatura lo ha convertido en un clásico.

El cuento de Borges acá:
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miércoles, 1 de agosto de 2018

Humor 104 - Humores varios y sabios


1‒ Sabiduría judía
Un judío va a ver a su rabino y le dice: Rabino, tengo un inmenso deseo de vivir eternamente. ¿Qué tengo que hacer?
Y el Rabino le contesta: ¡Cásate!
Muy sorprendido, el judío replica: ¿Y con eso voy a lograr mi objetivo de vivir para siempre?
¡No, pero el deseo desaparecerá!

2‒ Sabiduría hindú
Estos son los 6 preceptos que debes mantener siempre en secreto según la sabiduría hindú:
1.       
2.       
3.       
4.       
5.       
6.       
Yo los practico a rajatabla.

3‒ Sabiduría japonesa
El presidente de EE.UU. Ronald Reagan, dotado de un indiscutible sentido del humor, viaja a Japón para dar una charla. Durante su conferencia, suelta una broma. El traductor la transmite inmediatamente a la audiencia y el público nipón estalla en una risa clamorosa. Reagan, terminada su intervención, quiere felicitar personalmente al traductor y le pregunta cómo ha hecho para interpretar tan bien el sentido de su chiste norteamericano a los japoneses. Este, un tanto, incómodo, le contesta: "Señor presidente, yo no he traducido nada. Simplemente les dije que había contado un chiste". 

De yapa, San Pedro y el ángel
San Pedro llama a un ángel y le dice:
‒Esta mañana tengo que ir a hacer un par de trámites a una nube, así que te dejo cuidando las puertas del Cielo.
El ángel, aterrado, le dice que no tiene idea de a quién tiene que dejar pasar o no, pero San Pedro lo tranquiliza:
‒Mira, por hoy vamos a simplificar. Aquí tienes una Biblia y un fajo de billetes de cien euros. Dale a elegir a los que lleguen: si cogen la Biblia les dejas pasar, y si cogen un billete los mandas al Infierno. Aquí tienes mi número de móvil por si hay algún problema‒.
San Pedro se va, y pasa la mañana en sus cosas, hasta que suena el teléfono. Es el ángel:
‒Mire, San Pedro, hasta ahora todo iba bien, pero acaba de llegar un tío que cuando le di a elegir me dijo: "¿Puedo ver un poco?"
Se puso a hojear la Biblia, y cada tanto decía: "¡Hum, qué interesante!", y cogía un billete de cien y marcaba la página; y así hasta quedarse con la Biblia y todos los billetes.
¿Qué tengo que hacer? ‒.
Déjalo pasar, hijo, que ése es del Opus Dei.


Todos han sido honorablemente sustraídos o aportados por amigos cuya identidad debiera ser protegida, pero…
El primero es de Jorge K, el 3 lo tomé de un artículo de Piergiorgio M. Sandri: “El humor según cada país”, que a su vez lo tomó del holandés G. J. Hofstede que… y el último es de Kiko G.
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sábado, 14 de julio de 2018

Con el mismo cuento 51 – Pirandello y Unamuno


Enrique IV y El otro


Habiendo superado los cincuenta artículos, vale recordar la idea original de esta serie: reunir obras que tengan alguna conexión en su temática o abordaje. Encontrar esas reescrituras, homenajes, parodias amorosas y de las otras, conscientes o inconscientes, que muestran que, desde el fondo de los tiempos, a los humanos nos afligen cuestiones parecidas. Hoy toca el turno a dos grandes de la Literatura, ¡que los disfruten!

Enrique IV, teatro (1922) de Luigi Pirandello (1867-1936).
Estrenada en 1922 en el Manzoni de Milán con gran éxito.

El otro, teatro (1926), de Miguel de Unamuno (1864-1936)
Estrenada en Berlín en 1828, en Madrid en 1932 con Margarita Xirgu y en Buenos Aires en 1934 con Lola Membrives.

El primero en darse cuenta del interés de ambos autores por los mismos temas fue ¡el propio Unamuno!  En 1923 –antes de escribir El otro– publica en el diario La Nación de Buenos Aires su artículo “Pirandello y yo” donde admite que la afinidad de ambos es un “fenómeno curioso que se ha dado muchas veces en la historia del arte, de la ciencia o la filosofía… dos espíritus, sin conocer sus sendas obras, sin ponerse en relación… un mismo camino… hayan tramado análogas conclusiones… llegado a los mismos resultados.  …es algo que flota en el ambiente… o late en las profundidades de la historia y que busca quien lo revele”.
Las dos obras son absolutamente singulares y distintas pero tienen especiales coincidencias; en su temática: la locura, el otro, la identidad, la muerte y en su forma: ambas trascurren en un espacio cerrado en el que hay encierro, crimen y locura.

El protagonista de Pirandello, después de un accidente, cree ser Enrique IV, el monarca germano, y el resto de los personajes le sigue la corriente. Después de doce años recupera la cordura pero opta por fingir no haberla recobrado para no ser imputado por un crimen que comete. Toca la compleja relación entre el personaje y el ser, entre ficción y verdad. La locura está más cerca de la verdad que la excesiva adaptación de los cuerdos. Todos los personajes tienen nombre menos el protagonista: al ser rotulado loco, no lo tiene, no ES.

Ernesto, encuentra a Cosme (¿o a Damián, su  hermano gemelo?), esposo de su hermana Laura, en estado de locura. Ha recibido la visita de su idéntico hace una semana y lo ha matado, pero no se sabe quién es el sobreviviente. Se agrega Damiana, esposa del otro mellizo, que viene a buscarlo. Un médico y el Ama intentan infructuosamente resolver el misterio por distintos caminos. Con cierto tinte policial, dudan entre aclararlo o “enterrar el tema” en el ámbito familiar. Unamuno tampoco nombra a su protagonista: este se autodenomina, EL Otro.

Dice Ana Martínez Peñuela: “Existe un paralelismo entre los personajes de ambas obras: hay un personaje que organiza la escena (no olvidemos que para ambos autores la vida es teatro y el teatro es vida) y que va a estar representado por el cuñado de El Otro, Ernesto, y por el sobrino del personaje que se va a creer Enrique IV al que llamaré X, Di Nolli.
Hay dos médicos, tachados de alienistas, dispuestos a curar la locura de El Otro, Juan, y de X, Dr. Genoni ; dos mujeres en cada obra que responden al desdoblamiento de la mujer en Laura y Damiana y en Matilde y Frida; y por último, el doble de El Otro, el Uno, y el antagonista de X, Belcredi .
Su completo análisis de la relación entre ambas obras se puede leer en este enlace:
Otro análisis muy interesante de El otro aquí:_


Enrique IV de Pirandello, aquí:
El otro de Unamuno, aquí:

La foto es de la bella puesta de Enrico IV dirigida por Carlo Cecchi en Florencia.
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sábado, 7 de julio de 2018

El peso de la Deuda Externa


Tomando como base a los billetes de 100 U$S podemos calcular el peso en Kg de la Deuda Externa de algunos países para darnos otra idea sobre el tamaño de la desesperanza.

Si consideramos a la deuda externa de la República Argentina en un valor aproximado a los 150.000 Millones de U$S = 150 x 109 U$S o 1500 Millones de billetes de 100 U$S. Como cada billete de 100 pesa 1 gr, podemos concluir que el peso de la deuda es:
        1,5 x 109 gr = 1,5 x 106 Kg = 1,5 x 103 Ton = 1500 toneladas de billetes de U$S 100

Ahora veamos la deuda externa de E.E.U.U., que Trump mediante es de U$S 21.000.000.000.000 = 21 x 1012  que en buen romance significa 21 billones de dólares, lo  que en el gran país del norte llaman 21 trillions. En billetes de 100 pesaría 21 x     1010 gramos,
      21 x 1010 gr = 21 x 107 Kg = 21 x 104 Ton = 210.000 toneladas de billetes de U$S 100

Es decir 140 veces más grande que la deuda externa que nos está dejando Macri a los argentinos y casi 500 veces más grande a la que recibió en Diciembre de 2015.
Podemos sacar algunas conclusiones:
·         La deuda externa argentina se puede llevar en un barco pequeño, del tamaño de una chata arenera de las que andan por el río.
·         La deuda externa de los EEUU no se puede acomodar ni en el barco más grande del mundo. Hacen falta 5 barcos de los Panamax (290 m eslora , 33 de manga), los mayores que admitía el canal.
·         Incluso si se calcula la deuda per capita resulta mucho mayor la de los virtuosos estadounidenses que la de los pecadores sudacas.

Lo que no cabe duda es que se trata de un gran bleuf y de que el que reparte las cartas es el mismo que las imprime. Si hacía falta algún dato adicional para confirmar que se trata de una macabra matufia, podemos agregar que Luxemburgo tiene una deuda per capita de más de 6 millones de U$S por persona, encabezando el listado de las guaridas fiscales junto con Mónaco 400.000, Malta 230.000, Suiza 200.000, Mauricio (las islas, no el cretino) 150.000 y otros refugios de operaciones ilegales.
Todo esto me hace recordar una frase de Friedrich Dürrenmatt, dramaturgo suizo, que decía “Suiza es un proxeneta administrando un prostíbulo que se empeña en hacernos creer que él, las pupilas y los clientes son vírgenes”.
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